Page 455 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Salpicados por las pequeñas tiendas generales que incluso
allí atendían las necesidades diarias, los aún elegantes
edificios del distrito quedaban iluminados por lámparas de
gas que brillaban tras los tradicionales filtros rojos. En
algunos umbrales, las jóvenes con corpiños ajustados
llamaban dulces al tráfico peatonal. Las calles estaban menos
llenas que en la ciudad exterior, pero en absoluto vacías. Casi
todos los hombres iban bien vestidos. Aquella mercancía no
era para los indigentes.
Algunos varones mantenían la cabeza alta, pugnaz. Casi
todos caminaban como David, precavidamente solos.
El cielo era cálido y sucio. Las estrellas brillaban confusas.
Del aire sobre la línea de los tejados llegaba un susurro,
después una ráfaga de viento al pasar una cápsula por
encima. Era una ironía municipal que sobre el mismo centro
de aquel pozo de carne se extendiera el tren aéreo de la
milicia. En raras ocasiones, los soldados asaltaban las
corrompidas y suntuosas casas del barrio bajo, pero, por lo
general mientras se realizaran los pagos y la violencia no
salpicara más allá de las habitaciones protegidas por ese
dinero, la milicia se mantenía alejada.
Las corrientes nocturnas trajeron con ellas algo enervante,
una pulsátil sensación de inquietud. Algo más profundo que
la ansiedad habitual.
En algunas de las casas, las grandes ventanas quedaban
iluminadas mediante suaves muselinas difusoras. Mujeres
vestidas con camisa y ceñido traje de noche se frotaban
lascivas, o miraban a los viandantes a través de tímidas
caídas de ojos. Allí también había lupanares xenianos, donde
los jóvenes borrachos se animaban en ritos de iniciación,
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