Page 458 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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que se estiraba; un siseo, una voz cargada de odio. David giró
la cabeza y se encontró mirando la puerta opuesta. Alcanzó
a vislumbrar la figura desnuda sobre la cama. La chica, de no
más de quince años, le devolvió la mirada. Se incorporó
sobre las cuatro extremidades... sus brazos y piernas eran
hirsutos y terminados en garras... patas de perro.
Los ojos de David se clavaron en los de ella con un horror
hipnótico, lascivo, al pasar de largo; la chica saltó al suelo
con un torpe movimiento canino, girándose chambona como
una cuadrúpeda sin práctica. Lo miró esperanzada por
encima del hombro, mostrándole el ano y la vagina.
David quedó boquiabierto y sus ojos se vidriaron.
Allí era donde se avergonzaba de sí mismo, en aquel
serrallo de putas rehechas.
La ciudad estaba llena de prostitutas rehechas, por
supuesto. A menudo era la única estrategia viable para que
aquellos hombres y mujeres se salvaran de la inanición. Pero
allí, en los barrios bajos, los pecados se satisfacían de la
forma más sofisticada.
Casi todas las fulanas rehechas habían sido castigadas por
crímenes variados: su reconstrucción no solía ser más que un
extraño obstáculo para su trabajo sexual, lo que disminuía su
precio. Aquel distrito, sin embargo, era para los especialistas,
para el consumidor entendido. Allí las putas eran rehechas
especialmente para la profesión. Había cuerpos caros
reconstruidos en formas adecuadas para los delicados
gourmets de la carne pervertida. Había niños vendidos por
sus padres, mujeres y hombres forzados por las deudas a
venderse a los escultores de carne, a los reconstructores
ilegales. Corrían rumores de que muchos habían sido
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