Page 524 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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guardias fueron rápidos y los frascos se estrellaron contra los
escudos. La milicia danzaba para evitar aquellos peligrosos
proyectiles.
Los dos soldados tras la barrera giraron sus armas.
La caja de los aguijones (máquinas mecánicas de metal,
de intrincado y extraordinario diseño khepri) estaba adosada
a los cintos de los oficiales, y tenían el tamaño de una
pequeña bolsa. Junto a cada lateral había un cable largo, un
grueso alambre recubierto de espirales metálicas y goma
aislante, con un alcance de casi siete metros. A unos sesenta
centímetros del extremo de cada uno de los cables había un
mango de madera pulimentada que los oficiales sostenían en
las manos, y que empleaban para girar los extremos de los
cordones a terrible velocidad. Algo resplandecía, casi
invisible. Isaac sabía que en la punta de cada zarcillo había
un peligroso colmillo de metal, un pesado racimo de garfios
y púas. Aquellas terminaciones variaban. Algunas eran
sólidas, y las mejores se expandían como crueles flores tras
el impacto. Todas estaban diseñadas para volar con
precisión, para perforar armadura y carne, para aferrarse
despiadadas y destrozar los cuerpos.
Derkhan había llegado junto a la mesa y se protegía tras
Lemuel. Isaac se giró para coger más municiones. En un
momento de silencio, la periodista se incorporó rápidamente
sobre una rodilla y miró por encima de la mesa, apuntando
su gran pistola.
Apretó el gatillo. En el mismo instante, uno de los
oficiales, dejó volar su aguijón.
Derkhan era una buena tiradora. Su proyectil voló hacia el
ventanuco de uno de los escudos de la milicia, al que
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