Page 609 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Isaac fue a replicar, pero guardó silencio.

                —Eh... —comenzó. Su voz estaba fría—. Consejo de los

            Constructos... Estamos... honrados, pero no sabemos...


                —No sabéis nada —dijo la temblorosa y sanguinolenta

            figura—. Yo comprendo. Sed pacientes y comprenderéis. —
            El  hombre  se  alejó  lentamente  de  ellos  sobre  el  suelo

            irregular, retirándose bajo la luz de la luna hacia su oscuro

            señor autómata—. Yo soy el Consejo de los Constructos —

            dijo con voz trémula y desapasionada—. Nací del azaroso

            poder y del virus y de la casualidad. Mi primer cuerpo se

            encuentra aquí, en el vertedero, olvidado por un fallo en el

            programa.  Mientras  mi  materia  se  descomponía  el  virus

            circuló  por  mis  motores  y,  de  forma  espontánea,  hallé  el

            pensamiento. Me oxidé en silencio durante un año al tiempo
            que organizaba mi nuevo intelecto. Lo que comenzó como

            un estallido de consciencia se tornó raciocinio y opinión. Me

            construí. Ignoré a los basureros que pululaban durante el día,

            mientras apilaban los residuos de la ciudad en torres a mi

            alrededor.  Cuando  estuve  preparado,  me  mostré  al  más

            callado de aquellos hombres. Le escribí un mensaje y le dije

            que  trajera  un  constructo  hasta  mí.  Temeroso,  el  humano
            obedeció y conectó, mediante un cable extenso, el aparato a

            mis salidas: mi primer miembro. Poco a poco, buscó en el

            vertedero las piezas adecuadas para mi cuerpo. Comencé a

            fabricarme, soldando y martillando y remachando durante la

            noche. El basurero estaba fascinado. Al ocaso hablaba de mí

            en  las  tabernas,  una  leyenda  sobre  la  máquina  vírica.

            Nacieron  rumores  y  mitos.  Una  noche,  en  medio  de  su

            grandiosa mentira, encontró a otro que tenía un constructo

            autoorganizado.  Era  un  autómata  de  compra  cuyo




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