Page 616 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Un par de enormes ganchos de metal se cerraron alrededor

            de  los  antebrazos  de  Isaac,  que  gritó  por  la  sorpresa  y  el

            miedo, tratando de liberarse. Estaba siendo sujetado por los

            constructos industriales más grandes, un modelo con manos
            diseñado para conectarse a los andamios y sostener edificios.

            Isaac, aun siendo un hombre fuerte, era incapaz de liberarse.


                Gritó a sus compañeros para que lo ayudaran, pero otro de

            los enormes autómatas avanzó y se interpuso atronador entre

            ellos.  Durante  un  momento  incierto,  Derkhan,  Lemuel  y

            Yagharek  aguardaron  confusos.  Entonces  Lemuel  huyó
            corriendo.  Se  alejó  a  toda  prisa  por  una  de  las  profundas

            trincheras de basura y se perdió de vista hacia el este.


                — ¡Pigeon, hijo de puta! —gritó Isaac. Mientras pugnaba,

            vio asombrado que Yagharek se situaba frente a Derkhan. El
            tullido garuda era tan callado, tan pasivo, tan enigmático, que

            Isaac no contaba con él. Los seguía, hacía lo que se le pedía,

            eso era todo.


                Pero  allí  estaba  ahora,  saltando  con  un  espectacular
            movimiento lateral, deslizándose por el lateral del constructo

            guardián, tratando de alcanzar a Isaac. Derkhan vio lo que

            hacía y se desplazó hacia el otro lado, obligando a la máquina

            a elegir entre los dos. Avanzó hacia ella.


                La  mujer  se  giró  para  escapar,  pero  un  cable  de  acero

            restalló como una serpiente predadora desde la maleza de
            basura y se enroscó alrededor de su tobillo y la derribó. Cayó

            sobre el suelo fracturado, gritando de dolor.


                Yagharek  bregaba  heroico  contra  las  zarpas  del

            constructo, pero sin eficacia alguna. La máquina se limitaba
            a ignorarlo. Uno de sus compañeros se situó tras el garuda.


                — ¡Yag, maldición! —gritó Isaac—. ¡Corre! —pero fue


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