Page 691 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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atrapado en el exterior y el sol magnificado por la burbuja
traslúcida de la cúpula, no había brisas que disiparan los
humos. Yagharek reparó en que la cáscara interior del cristal
estaba cubierta por un hollín grasiento.
Aún quedaba más de una hora para la puesta del sol. El
garuda observó a su izquierda y vio que el orbe de cristal
sobre la bóveda parecía arder bajo la luz. Estaba absorbiendo
cada mínima emisión solar, concentrándola y enviándola con
viveza hacia todos los rincones del Invernadero, inundándolo
con luz y calor despiadados. Vio que el armazón de metal
que lo sostenía disponía de cables de energía que
serpenteaban por el interior de la cúpula y se perdían de vista.
El jardín de arena sobre la gran pirámide escalonada
estaba cubierta por una compleja maquinaria. Exactamente
bajo la clave de cristal se encontraba un enorme artefacto con
lentes y gruesas tuberías comunicadas con las tinas que había
a su alrededor. Un cacto con faja de color pulimentaba sus
mecanismos de cobre.
Yagharek recordó los rumores que había oído en Shankell,
historias sobre un motor helioquímico de inmenso poder
taumatúrgico. Observó cuidadosamente el artefacto
reluciente, aunque su propósito le era desconocido.
Mientras observaba, cobró conciencia del gran número de
pelotones armados presentes. Entrecerró los ojos. Los
observaba como un dios que oteara cada superficie de la
pequeña ciudad cacta bajo la feroz luz del globo de cristal.
Casi alcanzaba a ver todos los jardines elevados, y le parecía
que en al menos la mitad de ellos había estacionado un grupo
de tres o cuatro cactos. Estaban sentados o de pie, sus
expresiones ilegibles a aquella distancia, pero los enormes y
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