Page 690 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Las calles y sendas estaban atiborradas de cactos que
compraban y vendían en el mercado, discutiendo
malhumorados en voz demasiado baja como para que
Yagharek la distinguiera. Tiraban de sus carros de madera,
dos al tiempo si el vehículo o la carga eran especialmente
grandes. No había constructos a la vista, ni taxis, ni animales
de ninguna clase aparte de los pájaros y los pocos conejos de
las rocas que Yagharek pudo distinguir en las cornisas de los
edificios.
En la ciudad exterior, las cactas vestían grandes trajes sin
forma, similares a sábanas. Allí, en el Invernadero, no
llevaban más que taparrabos de trapo blancos o beige, igual
que los hombres. Sus pechos eran algo más grandes que los
de los varones, terminados en pezones de color verde oscuro.
En algunos lugares, Yagharek alcanzaba a divisar a una
mujer amamantando a su hijo, sin preocuparse por los
pinchazos que pudiera sufrir el pequeño por las espinas de la
madre. Pequeñas y ruidosas bandas de niños jugaban en las
esquinas, ignorados por los adultos de paso.
Por todo el templo piramidal había ancianos cactos
leyendo, fumando, hablando o dedicados a la jardinería.
Algunos vestían fajas rojas y azules alrededor de los
hombros, que destacaban fuertemente contra la pálida piel
verdosa.
La propia piel de Yagharek comenzaba a picarle por el
sudor. Las corrientes de humo nublaban su visión. El vapor
que se alzaba desde cientos de chimeneas a distintas alturas,
ascendía hacia el cielo en lentas bocanadas. Algunas volutas
brumosas encontraban el camino hasta arriba y se filtraban
por las grietas y agujeros en el cristal. Pero con el viento
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