Page 76 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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—Buenas noches, Teparadós. Has recibido mi mensaje.
La criatura batió sus rojas alas de murciélago.
Teparadós era un draco, seres de amplio pecho, como el
de un gorrión, con gruesos brazos similares a los de un enano
humano bajo aquellas alas tan feas como útiles. Los dracos
surcaban los cielos de Nueva Crobuzon. Sus manos eran los
pies, cuyos miembros sobresalían de la panza de sus cuerpos
achatados, como las patas de un cuervo. Podían dar unos
cuantos pasos torpes aquí y allí equilibrándose sobre las
palmas, pero preferían volar sobre la ciudad, chillando y
haciendo picados sobre los transeúntes.
Los dracos eran más inteligentes que los perros o los
simios, pero claramente menos que los humanos.
Prosperaban con una dieta intelectual de escatología,
bufonadas e imitación, eligiendo nombres absurdos para los
demás a partir de canciones populares, catálogos de muebles
o libros de texto que apenas podían leer. Isaac sabía que la
hermana de Teparadós se llamaba Chapa, y uno de sus hijos
Sarna.
Los dracos vivían en cientos de miles de nichos, en áticos,
en anejos, detrás de los carteles. La mayoría vivía en los
márgenes de la sociedad. Los enormes depósitos de basura
en las afueras del Cantizal y el Parque Abrogate, el vertedero
junto al río en el Meandro Griss, todos ellos estaban
infestados de dracos peleando y riendo, bebiendo de los
canales estancados, fornicando en el aire y en tierra.
Algunos, como Teparadós, complementaban esta vida con
un empleo informal. Cuando las bufandas ondeaban en los
tejados o se realizaban marcas de tiza junto a las ventanas de
los áticos, lo más probable era que alguien estuviera
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