Page 79 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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saltar. Estaba tarareando abstraído, desesperadamente
emocionado.
Trató sin éxito de coger uno de los libros que había
rescatado de debajo de la cama, un enorme y antiguo
volumen. Lo dejó tropezar sobre la mesa, disfrutando del
ruido. La cubierta estaba grabada con un dorado muy poco
realista.
Bestiario de los sabios ocultos: Las razas inteligentes de
Bas-Lag.
Golpeó la cubierta del clásico de Shacrestialchit, traducido
por el vodyanoi Lubbock y actualizado hacía cien años por
Benkerb y Carnadine, comerciante humano, viajero y erudito
de Nueva Crobuzon. Había sido reimpreso e imitado en
incontables ocasiones, pero nadie lo había superado. Puso los
dedos sobre la G del índice lateral y hojeó las páginas, hasta
dar con el exquisito boceto en acuarela de los hombres pájaro
del Cymek que prologaba el ensayo acerca de los garuda.
Cuando la luz desapareció de la estancia, encendió la
lámpara de gas que descansaba sobre su escritorio. Fuera, en
la noche fresca, al este, Teparadós batía sus alas mientras
aferraba un saco de libros que colgaba bajo él. Podía ver el
fulgor de la lámpara de Isaac, y justo más allá, fuera de la
ventana, el marfil escupido de la lámpara de la calle. Una
corriente constante de insectos nocturnos se arracimaba a su
alrededor como elictrones. Algunos encontraban el camino
por la grieta en el cristal y se inmolaban en la luz con una
pequeña descarga. Sus restos carbonizados oscurecían el
vidrio.
La lámpara era un faro, un fanal en aquella ciudad
implacable, que dirigía el vuelo del draco sobre el río, lejos
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