Page 81 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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reía, y rompía ventanas tras mi cabeza, y me insultaba.
Comprendí entonces, mientras las piedras astillaban mi
almohada de pintura vieja, que estaba solo.
Y así sé que debo vivir sin respiro alguno de mi
aislamiento. Que no volveré a hablar a otra criatura en mi
lengua.
Me he acostumbrado a cazar solo tras la puesta del sol,
cuando la ciudad se tranquiliza y se torna introspectiva.
Camino como un intruso en su sueño solipsista. Llegué en
tinieblas, y vivo en tinieblas. La salvaje brillantez del
desierto es como una leyenda que oyera hace mucho tiempo.
Mi existencia se hace nocturna. Mis creencias cambian.
Emerjo a las calles que culebrean como ríos oscuros a
través de los cavernosos acantilados de ladrillo. La luna y
sus pequeñas hijas resplandecientes brillan débiles. Un
viento frío rezuma como la melaza en una ladera, atorando
la noche urbana con residuos a la deriva. Comparto las
calles con trozos de papel sin norte y pequeños remolinos
polvorientos, con motas que pasan como ladrones erráticos
bajo las puertas y aleros.
Recuerdo los vientos del desierto: el Khamsin, que azota
la tierra como un fuego mudo; el Fóhn, que restalla desde
las calientes faldas montañosas como una emboscada; el
artero Simoom, que embauca a las dunas de cuero y alas
puertas de las bibliotecas.
Los vientos de esta ciudad son más melancólicos.
Exploran como almas perdidas, en busca de ventanas
pulverulentas iluminadas por gas. Somos hermanos, los
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