Page 784 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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El monje, sin decir nada, había señalado las dobles puertas
situadas al final de la enorme habitación.
Y Derkhan las había cruzado y había penetrado en un
infierno en el que la muerte era prolongada, en el que lo
único que había para aliviar el dolor y la degradación eran
sábanas sin chinches. La joven monja que caminaba por la
sala con los ojos abiertos en una perpetua y horrorizada
conmoción se detenía ocasionalmente y revisaba la hoja
pegada al extremo de cada cama para verificar que sí, el
paciente estaba agonizando, y que no, no estaba muerto
todavía.
Derkhan bajó la mirada y abrió una de las hojas. Encontró
el diagnóstico y la prescripción. «Podredumbre pulmonar»,
había leído. «2 dosis de láudano/3 horas para el dolor. Y
luego, con otra letra: láudano no disponible».
En la siguiente cama, el fármaco no disponible era agua-
sporr. En la siguiente, sudifilo calciach que, si Derkhan leía
correctamente la hoja, habría curado al paciente de la
desintegración intestinal que sufría a causa de ocho
tratamientos diferentes. Y así continuaba, a lo largo de toda
la sala, una interminable e inútil lista de información sobre
lo que habría aliviado el sufrimiento de una manera u otra.
Derkhan empezó a hacer lo que había venido a hacer.
Examinó a los pacientes con ojo necrófago, como un
cazador de los que están a punto de morir. Había sido
vagamente consciente de los criterios con los que había
regido su búsqueda (de mente sana y no tan enfermo como
para que no sobreviva al día) y eso la había hecho sentirse
enferma hasta el alma. La monja la había visto, se había
aproximado a ella con una curiosa falta de urgencia y había
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