Page 83 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
P. 83

de ladrillo y heces que es Nueva Crobuzon. Por eso me

            castiga cuando vengo, amenazando de repente con

            arrancarme de mi asidero y arrojarme al río hediondo,

            aferrando mis alas; el aire grueso y petulante me advierte
            que no me vaya, pero me agarro a la techumbre con mis

            zarpas y dejo que las vibraciones sanadoras pasen por la

            mente de Grimnebulin y se viertan a través de la maltrecha

            pizarra hasta mi pobre carne.


                Duermo en viejas arcadas bajo los raíles atronadores.

                Como cualquier cosa orgánica que no pueda acabar

            conmigo.

                Me oculto como un parásito en la piel de esta vieja urbe,

            que estornuda y arroja flatulencias, que ruge y se rasca, que

            crece como un cáncer pugnaz a medida que pasan los años.


                A veces trepo a lo alto de las inmensas, gigantescas torres
            que horadan la piel de la ciudad como las púas de un

            puercoespín. En ese aire más liviano, los vientos pierden la

            melancólica curiosidad mostrada en el suelo. Abandonan su

            petulancia de segundo piso. Agitados por las torres que

            huyen de la hueste luminosa de la ciudad (el blanco intenso

            de las lámparas de carburo, el rojo bruñido de la grasa

            prendida, la sebosa y frenética llamarada parpadeante del

            gas, todos ellos anárquicos guardianes contra la negrura),

            los vientos se regocijan y juegan.

                Soy capaz de hundir mis garras en el borde de la corona

            de un edificio y extender los brazos para sentir las

            acometidas y la lluvia de aire embravecido, y puedo cerrar

            los ojos y recordar, por un instante, lo que es volar.








                                                            82
   78   79   80   81   82   83   84   85   86   87   88