Page 86 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Bandera y el Montículo de San Jabber.
Los negros muros ahumados del Parlamento se alzaban en
la Isla Strack como los dientes de un tiburón o la cola de una
raya, como monstruosas armas orgánicas desgarrando el
firmamento. El edificio estaba maniatado por tubos
siniestros y vastos remaches y palpitaba con las viejas
calderas de sus entrañas. Habitaciones empleadas con
propósitos inciertos surgían del cuerpo principal del coloso,
sin mucho respeto por los refuerzos o los arbotantes. En
algún lugar del interior, en la Cámara, lejos del alcance del
cielo, se pavoneaban Rudgutter y su hueste de aburridos
zánganos. El Parlamento era como una montaña en el límite
de la avalancha arquitectónica.
No era un reino más puro que vigilase vasto sobre la
ciudad. Las salidas de humo perforaban la membrana entre
la tierra y el aire y regurgitaban despechadas toneladas de
aire venenoso al mundo. En la caliginosa y mefítica bruma
sobre las azoteas, el detritus de un millón de chimeneas
vagaba a la deriva. Los crematorios oreaban cenizas de
voluntades quemadas por verdugos celosos, mezcladas con
el polvo del carbón consumido para mantener calientes a los
amantes moribundos. Miles de sórdidos espectros humeantes
se abrazaban a Nueva Crobuzon con un hedor que asfixiaba
como la culpa.
Las nubes se enroscaban en el malsano microclima de la
ciudad. Parecía como si todo el tiempo de Nueva Crobuzon
lo formara un inmenso huracán reptante centrado en el
corazón de la urbe, en el colosal edificio mestizo que se
alzaba en el núcleo de la zona comercial conocida como el
Cuervo, coágulo de kilómetros de línea férrea y años de
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