Page 819 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Movían  el  cable  arriba  y  abajo  por  toda  la  longitud  de

            ladrillo u hormigón, alrededor de las imperfecciones de la

            estructura  del  muro,  uniéndolo  a  la  maraña  de  otras

            conducciones,  canalones  y  cañerías,  tuberías  del  gas,
            conductores taumatúrgicos y canales oxidados, circuitos de

            oscuro  y  olvidado  propósito.  El  monótono  cable  era

            invisible. Era una fibra nerviosa que atravesaba los ganglios

            de la ciudad, una cuerda gruesa entre otras muchas.

                Al cabo de un rato, no les quedó más remedio que cruzar


            la  calle  cuando  esta  se  alejó,  curvándose  lentamente  en
            dirección  este.  Bajaron  el  cable  hasta  el  suelo  y  lo

            aproximaron a un surco que unía ambos lados del pavimento.

            Era  un  canalón,  concebido  originalmente  para  los

            excrementos  y  ahora  para  el  agua  de  lluvia,  un  canal  de

            quince centímetros de anchura entre las tablas del suelo, y

            que discurría cubierto por una reja en dirección a la ciudad

            subterránea.

                Colocaron  el  cable  en  la  ranura  y  lo  aseguraron

            firmemente. Cruzaron a toda prisa, haciéndose a un lado en

            los ocasionales momentos en los que el tráfico interrumpía

            su  trabajo,  pero  aquella  no  era  una  calle  concurrida  y
            pudieron tender el cable sin demasiadas interrupciones.


                Su comportamiento no llamaba la atención. Después de

            subir el cable por el muro del otro lado de la calle (en esta

            ocasión el de un colegio, desde cuyas ventanas llegaban hasta

            ellos  didácticos  ladridos),  la  ordinaria  pareja  pasó  junto  a

            otro  grupo  de  trabajadores.  Estos  estaban  cavando  en  la
            esquina  opuesta  de  la  calle,  reemplazando  losas  rotas.

            Levantaron la mirada hacia los recién llegados, gruñeron una

            especie de saludo tosco y luego los ignoraron.




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