Page 824 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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intenso como para convertir los alambres en una malla
sellada.
Una vez que la temperatura hubo descendido, los dos
hombres empezaron el trabajo final: envolver la nueva
conexión con jirones deshilachados de arpillera y cubrirla
con una mano de pintura espesa y bituminosa que, al secarse
rápidamente, cubrió el sello de metal y lo aisló.
Los hombres de la escalera de incendios estaban
satisfechos. Se volvieron y regresaron al tejado, desde donde
se dispersaron por la ciudad tan rápidamente como el humo
en la brisa, sin dejar el menor rastro.
A lo largo de toda una línea que discurría entre el Meandro
Griss y el Cuervo, tenían lugar operaciones similares.
En las alcantarillas, hombres y mujeres avanzaban
furtivamente a través de los siseos y el goteo de los túneles
subterráneos. Cuando era posible, estos grupos grandes eran
conducidos por trabajadores que conocían algo sobre la
ciudad subterránea: operarios de las alcantarillas, ingenieros,
ladrones. Todos ellos estaban provistos de mapas, antorchas,
armas e instrucciones precisas. Diez o más figuras, algunas
de ellas cargadas con rollos de pesado cable, avanzarían
juntas a lo largo de la ruta que les había sido encomendada.
Cuando uno de los rollos de cable se agotase, lo sustituirían
por otro y continuarían.
Se producían retrasos peligrosos cuando los grupos se
perdían o se extraviaban en dirección a zonas letales: nidos
de gules y guaridas de infrabandas. Pero se corregían unos a
otros, siseaban pidiendo ayuda y regresaban guiados por las
voces de sus camaradas.
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