Page 820 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Mientras se aproximaban a la zona de los burdeles, los
seguidores del Consejo de los Constructos entraron en un
patio, arrastrando el pesado cable tras de sí. En tres de los
lados se alzaban paredes sobre ellos, cinco o más pisos de
ladrillos sucios, manchados y mohosos con las señales de
años de esmog y lluvia. Había ventanas a intervalos
irregulares, como si las hubieran soltado desde el punto más
alto del edificio y hubieran caído al azar entre el tejado y el
suelo.
Podían escucharse gritos, juramentos, conversaciones con
risotadas y el ruido de los utensilios de cocina. Un hermoso
niño de sexo indefinido los observaba desde una ventana del
tercer piso. Los dos hombres se miraron nerviosos durante
un momento y examinaron el resto de las ventanas. El del
niño era el único rostro visible: por lo demás, nadie los
observaba.
Dejaron caer el rollo de cable y uno de ellos miró al niño
a los ojos, le hizo un guiño travieso y sonrió. El otro se apoyó
sobre una rodilla y miró tras los barrotes del pozo de visita
circular que había en el suelo del patio.
Desde la oscuridad que reinaba abajo, una voz lo saludó
con sequedad. Una mano mugrienta se levantó hacia el sello
de metal.
El primer hombre le dio un apretón a su compañero en la
pierna y siseó:
—Están aquí... ¡Este es el lugar correcto! —y luego cogió
el cable por el extremo y trató de meterlo entre los barrotes
de la entrada a la alcantarilla. Era demasiado grueso. Profirió
una imprecación y registró el interior de su caja de
herramientas en busca de una sierra para metales, empezó a
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