Page 87 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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violaciones arquitectónicas: la estación de la calle Perdido.
Era un castillo industrial cuajado de parapetos aleatorios.
La torre occidental de la estación era la Espiga de la milicia,
que se alzaba sobre las demás torretas y las empequeñecía, y
que se encontraba solicitada en siete direcciones por los
tensos raíles aéreos. Pero, a pesar de su altura, la Espiga no
era más que un anejo de la enorme estación.
El arquitecto había sido encerrado, completamente loco,
siete años después de terminada la estación de la calle
Perdido. Se dijo que era un hereje que pretendía construir su
propio dios.
Cinco gigantescas fauces de ladrillo se abrían para
fagocitar cada una de las líneas férreas de la ciudad. Las vías
se desplegaban bajo los arcos como lenguas gigantescas. Las
tiendas, cámaras de tortura, talleres, despachos y espacios
vacíos llenaban el grueso vientre del edificio, que, desde
cierto ángulo, con una luz determinada, parecía agazaparse
sosteniendo el peso de la Espiga, preparándose para saltar
sobre el cielo infinito para invadirlo.
El romance no nublaba la visión de Isaac. Veía el vuelo
allá donde mirara (tenía los ojos hinchados: tras ellos
zumbaba un cerebro lleno de nuevas fórmulas y hechos
diseñados para evadirse de la garra de la gravedad) y era
consciente de que no se trataba de una huida hacia un lugar
mejor. El vuelo era algo secular, profano: poco más que el
paso de una zona de Nueva Crobuzon a otra.
Aquello le alegraba. Era un científico, no un místico.
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