Page 915 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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pero lo hacemos con alivio y gozo.

                Sabemos que hemos ganado.


                Isaac lleva a Lin en brazos y algunas veces, cuando el

            camino se hace duro, se la tiene que cargar sobre el hombro.

            Nos alejamos a toda prisa. Corremos como si fuéramos
            espíritus. Cansados y exultantes. La desharrapada geografía

            del este de la ciudad no puede contenernos. Trepamos sobre

            vallas bajas y entramos en pequeños patios traseros, toscos

            jardines con manzanos mutantes y zarzas miserables, abono

            de dudosa procedencia, barro y juguetes rotos.


                Algunas veces una sombra cruza el rostro de Derkhan y
            la escuchamos murmurar algo. Piensa en Andrej; pero esta

            noche es difícil sentirse culpable, aunque uno se lo merezca.

            Se produce un momento sombrío, pero bajo la manta de

            lluvia cálida que está cayendo, sobre las luces de la ciudad

            que florecen con la promiscuidad de la maleza, es difícil no

            mirar a los demás a los ojos y sonreír o graznar suavemente

            de asombro.

                Las polillas han desaparecido.


                El coste ha sido terrible, terrible. Hemos tenido que pagar

            un Infierno. Pero esta noche, mientras nos detenemos en una
            chabola de los tejados en Pincod, más allá del alcance de

            las vías elevadas, un poco al norte del ferrocarril y de la

            miseria de la estación de Agua Oscura, nos sentimos

            triunfantes.




                Por la mañana, los periódicos están llenos de graves

            advertencias. Tanto el Lucha como el Mensajero advierten

            sobre la inminencia de medidas severas.




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