Page 957 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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polvo, el sol sobre mí. Tiré de mis ligaduras hasta que mis
manos y mis pies quedaron completamente entumecidas.
Cinco a cada lado, sujetando mis alas. Inmovilizando mis
grandes alas mientras me debatía y trataba de golpearlas
con todas mis fuerzas contra los cráneos de mis carceleros.
Levanté la mirada y vi al verdugo, mi primo, Sanjhuarr el de
las plumas rojas.
Polvo y arena y calor y el viento en el canal. Lo recuerdo.
Recuerdo el contacto del metal. La extraordinaria
sensación de intrusión, el horrible balanceo de la serrada
hoja. Se manchó muchas veces con mi carne, tuvieron que
sacarla y limpiarla. Recuerdo las ráfagas de aire caliente
sobre el tejido desnudo, sobre los nervios arrancados de sus
raíces. La lenta, lenta e inmisericorde quiebra de los huesos.
Recuerdo el vómito que apagó mis gritos, brevemente, antes
de que mi boca se vaciara y yo tomara aliento y volviera a
gritar. Sangre en cantidades aterradoras. La repentina,
vertiginosa sensación de ligereza al ser levantada y arrojada
lejos una de las alas y el temblor de los huesos contra mi
carne y los desgarrados jirones de esta, deslizándose sobre
la herida y la presión agonizante de las telas limpias y los
ungüentos sobre las laceraciones y el lento caminar de San
jhuarr alrededor de mi cabeza y la certeza, la insoportable
certeza de que todo ello iba a ocurrir de nuevo.
Nunca cuestioné la justicia del castigo. Ni siquiera
cuando huí para tratar de recuperar el vuelo. Me sentía
doblemente avergonzado. Mutilado y privado de respeto por
el robo de elección en el que había incurrido; y debería
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