Page 952 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Se sentían como si estuviesen conteniendo la respiración.

            Una marcha agonizante. La adrenalina los hacía temblar.

                Mientras caminaban miraban a su alrededor, tratando de

            abarcar todo cuanto podían, como si sus ojos fuesen cámaras.

            Isaac  entrevió  destellos  de  carteles  de  ópera  que  pendían

            desgarrados de las paredes, rollos de alambre de espinos y

            hormigón  claveteado  de  cristales,  los  arcos  del  enlace

            ferroviario de Arboleda que se desplegaban desde la línea

            Dexter y planeaban sobre Sunter y el Barrio Óseo.

                Levantó  la  vista  hacia  las  Costillas,  que  se  erguían

            colosales a su derecha, y trató de recordar sus ángulos con

            exactitud.

                Con cada paso que los alejaba un poco más de la ciudad,

            podían  sentir  como  si  la  gravedad  estuviera  remitiendo.

            Sentían la cabeza ligera. Como si pudiesen llorar.

                Invisible,  justo  debajo  de  las  nubes,  una  sombra  se

            deslizaba perezosamente tras ellos. Se volvió y describió una

            espiral  cuando  su  rumbo  se  hizo  evidente.  Revoloteó

            vertiginosamente  en  un  momento  de  acrobacia  solitaria.

            Mientras  Isaac  y  Lin  y  Derkhan  proseguían,  la  figura

            interrumpió sus círculos y cruzó a toda velocidad el cielo,

            dirigiéndose fuera de la ciudad.

                Aparecieron estrellas e Isaac empezó a despedirse entre

            susurros de El Reloj y el Gallito, del Bazar de Galantina y de

            Páramo del Queche y de sus amigos.

                Siguió haciendo calor mientras se dirigían al sur, buscando

            el rastro de los trenes, hasta llegar a un espacio abierto de

            polígonos  industriales.  La  maleza  campaba  a  sus  anchas,

            dueña  del  pavimento,  haciendo  tropezar  y  proferir

            imprecaciones  a  los  transeúntes  que  todavía  llenaban  la


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