Page 111 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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víctima. Tendremos que rezar para que aparezca
                   otro forastero esta noche y, aun así, sería
                   peligroso, porque seguramente tendría una familia
                   que lo buscaría por todas partes. En Viscos, todos
                   los pares de brazos trabajan y ganan con mucho
                   esfuerzo el pan que trae la furgoneta.
                   -Tienes razón -dijo el sacerdote-. Tal vez todo
                   lo que hemos vivido desde ayer no sea más que una
                   ilusión. En este pueblo, todos tienen alguien que
                   les echaría en falta y nadie aceptará que dañen a
                   un ser querido. Sólo tres personas dormimos solas:
                   la señora Berta, la señorita Prym y yo.
                   -¿Se está ofreciendo en sacrificio, padre?
                   -Lo que sea por el bien del pueblo.
                            Las cinco personas restantes se sintieron
                   aliviadas; de repente, se dieron cuenta de que era
                   un sábado soleado y de que ya no había crimen sino
                   martirio. La tensión en la sacristía desapareció
                   como por arte de magia, y la dueña del hotel
                   sintió un impulso de besar los pies de aquel
                   santo.
                   -Pero hay un problema -continuó el sacerdote-.
                   Tendrán que convencer a todos de que matar a un
                   ministro de Dios no es un pecado mortal.
                   -¡Explíquelo usted a la gente de Viscos! -dijo
                   el alcalde, muy animado porque ya estaba pensando
                   en las reformas que llevaría a cabo con el dinero,
                   en la publicidad que pondría en los periódicos de
                   la comarca, atrayendo a nuevas inversiones porque
                   los impuestos habían bajado, llamando la atención
                   de los turistas porque pensaba subvencionar
                   algunas mejoras en el hotel y también pensaba
                   instalar un cable telefónico nuevo que no diera
                   los problemas del actual.
                   -No puedo hacerlo -dijo el sacerdote-. Los
                   mártires se ofrecían cuando el pueblo quería
                   matarlos. Pero jamás provocaron su propia muerte,
                   porque la Iglesia siempre ha dicho que la vida es
                   un don de Dios. Tendrán que explicárselo ustedes.
                   -Nadie nos va a creer. Pensarán que somos unos
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