Page 114 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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mismo tiempo, comprendo que la gente necesite
                   pensarlo dos, diez veces lo que debe hacer.
                   -Pueden pensarlo veinte o doscientas veces,
                   pero no tendrán valor para hacerlo.
                   -Quizás -dijo la dueña del hotel-. Pero, si
                   decidieran hacerlo, ¿tú qué harías?
                            La mujer quería saber su opinión, y Chantal
                   se dio cuenta de que el extranjero estaba más cerca
                   de la verdad que ella, que hacía tanto tiempo que
                   vivía en Viscos. ¡Una asamblea en la plaza!
                   Lástima que hubieran desmontado la horca.
                   -¿Qué harías? -insistió la mujer.
                   -No pienso responder a esta pregunta -replicó,
                   aunque sabía exactamente lo que haría-. Sólo te
                   diré que el mal nunca ha traído nada bueno. Yo
                   misma he tenido ocasión de comprobarlo esta tarde.
                            A la dueña del hotel no le hacía ninguna
                   gracia que no respetaran su autoridad, pero creyó
                   más prudente no discutir con la chica y crearse
                   una enemistad que podía traer problemas en un
                   futuro. Dijo que tenía que poner la contabilidad
                   al día (comprendió de inmediato que la excusa era
                   absurda, puesto que sólo había un huésped en el
                   hotel) y la dejó sola en el bar. Se sentía
                   tranquila; la señorita Prym no había dado muestras
                   de rebeldía, ni siquiera después de mencionarle la
                   asamblea en la plaza, lo cual demostraba que algo
                   diferente estaba sucediendo en Viscos. Aquella
                   chica también necesitaba mucho dinero, tenía toda
                   una vida por delante, a buen seguro que le
                   gustaría seguir los pasos de sus amigos de la
                   infancia, que ya se habían ido del pueblo.
                            Y aunque no estuviera dispuesta a cooperar,
                   al menos no parecía tener intención de interferir.


                            El sacerdote tomó una cena frugal y se sentó
                   en un banco de la iglesia. El alcalde estaba a punto
                   de llegar.
                            Contempló las paredes encaladas, el altar sin
                   ninguna obra de arte importante, lleno de
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