Page 115 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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reproducciones baratas de santos que -en un pasado
                   remoto- habían vivido en la zona. La población de
                   Viscos nunca había sido muy religiosa, a pesar de
                   que San Sabino había sido el responsable de la
                   resurrección del pueblo; pero la gente olvidaba
                   esas cosas y prefería pensar en Ahab, en los
                   celtas y en las supersticiones milenarias de los
                   campesinos, sin entender que basta un gesto, un
                   simple gesto, para la redención: aceptar a Jesús
                   como el único Salvador de la Humanidad.
                            Horas antes se había ofrecido a sí mismo
                   para el martirio. Había sido una jugada arriesgada,
                   pero estaba dispuesto a llegar hasta el final, a
                   entregarse en holocausto, si las personas no
                   fueran tan insignificantes, tan fácilmente
                   manipulables.
                            "No es cierto. Son insignificantes, pero no
                   tan fácilmente manipulables." Tanto es así que,
                   gracias al silencio y a los juegos de palabras, le
                   habían obligado a decir lo que deseaban escuchar:
                   el sacrificio que redime, la víctima que salva, la
                   decadencia que se transforma nuevamente en gloria.
                   Él había fingido dejarse utilizar por las personas
                   pero, en realidad, había dicho lo que pensaba.
                            Lo habían educado desde pequeño para el
                   sacerdocio, y aquélla era su verdadera vocación. A
                   los veintiún años, ya había sido ordenado
                   sacerdote, e impresionaba a todos por su don de
                   palabra y por la capacidad para administrar su
                   parroquia. Rezaba todas las noches, consolaba a
                   los enfermos, visitaba los presidios, daba de
                   comer a los hambrientos, tal como mandaban las
                   sagradas escrituras. Poco a poco, su fama se
                   extendió por toda la comarca, y llegó a oídos del
                   obispo, un hombre conocido por su sabiduría y
                   equidad.
                            Este lo invitó, junto con otros sacerdotes
                   jóvenes, a una cena. Comieron, conversaron sobre
                   temas diversos y, al final, el obispo -un anciano
                   que tenía dificultades para andar- se levantó y
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