Page 122 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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-Todos sabemos que lo del lobo maldito es una
                   ridícula excusa del herrero -dijo la dueña del
                   hotel-. A buen seguro que fue al bosque con alguna
                   mujer del pueblo vecino, intentó propasarse, ella
                   se defendió y él nos vino con ese cuento. Pero,
                   por si acaso, hemos preferido pasar para
                   asegurarnos de que todo estaba bien.
                   -Todo está en orden. Estoy haciendo un mantel,
                   aunque no sé si podré terminarlo; podría morir
                   mañana mismo.
                            Hubo un momento de tensión.
                   -Ya saben que los viejos podemos morir de un
                   momento a otro.
                            La situación volvió a la normalidad. O casi.
                   -Aún es pronto para pensar en eso.
                   -Quizás. Nunca se sabe. Pero resulta que este
                   tema ha ocupado la mayor parte de mis pensamientos
                   de hoy.
                   -¿Por alguna razón en especial?
                   -¿Debería tenerla?
                            La dueña del hotel necesitaba cambiar de
                   tema, pero debía hacerlo con mucho cuidado. En ese
                   momento, la reunión ya debía de haber empezado, y
                   terminaría en pocos minutos.
                   -Creo que, con la edad, la gente acaba por entender
                   que la muerte es inevitable. Y debemos aprender
                   a enfrentarnos a ella con serenidad, sabiduría
                   y resignación: a menudo nos alivia de sufrimientos
                   inútiles.
                   -Tienes toda la razón -respondió Berta-.
                   Precisamente he estado pensando en ello durante
                   toda la tarde. ¿Y saben a qué conclusión he
                   llegado? Que me da miedo, me da muchísimo miedo
                   morir. Y no creo que sea mi hora.
                            El ambiente era cada vez más oprimente, y la
                   mujer del alcalde se acordó de la discusión en la
                   sacristía; hablaban de un tema, pero en realidad
                   se referían a otra cosa.
                            Ninguna de las dos sabía cómo iba la asamblea
                   de la plaza; nadie conocía el plan del cura ni la
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