Page 124 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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tan tontas para rebajar el colesterol, porque
                   deseo continuar viviendo durante mucho tiempo.
                            Berta se levantó y abrió la puerta. Las dos
                   mujeres se despidieron de ella. La asamblea de la


                   plaza aún no debía de haber terminado.
                   -Estoy contenta de que hayan venido, por ahora
                   dejaré de hacer ganchillo y me iré a la cama. Y,
                   para ser sincera, yo sí creo en el lobo maldito;
                   como ustedes son jóvenes, ¿verdad que no les
                   importa quedarse por aquí hasta que termine la
                   asamblea, para asegurarnos que no se acerque a mi
                   puerta?
                            Las dos estuvieron de acuerdo, le dieron
                   las buenas noches, y Berta entró en su casa.
                   -¡Lo sabe! -dijo bajito la dueña del hotel-.
                   ¡Se lo han contado! ¿Te has fijado en el tono
                   irónico de su voz? ¡Se ha dado cuenta de que hemos
                   venido para vigilarla!
                   -Es imposible. Nadie sería tan loco de
                   contárselo. A no ser...
                   -A no ser, ¿qué?
                   -Que sí sea una bruja. ¿Te acuerdas de la
                   ráfaga de viento que ha soplado mientras
                   hablábamos?
                   -Las ventanas estaban cerradas...
                            A las dos mujeres se les encogió el corazón
                   y siglos de supersticiones salieron a la superficie.
                   Si se trataba realmente de una bruja, su muerte,
                   en lugar de salvar al pueblo, lo destruiría
                   completamente.
                   Eso decían las leyendas...


                            Berta apagó la luz y contempló a las mujeres
                   desde su ventana. No sabía si debía reír, llorar
                   o, simplemente, aceptar su destino. Sólo tenía
                   certeza de una cosa: había sido elegida como
                   víctima.
                            Su marido se le había aparecido a última hora
                   de la tarde y, para su sorpresa, lo acompañaba la
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