Page 133 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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hubiese convertido en la búsqueda de un tesoro
                   escondido. Cada uno de los presentes tuvo la
                   certeza absoluta de que su arma sería la del
                   cartucho de fogueo y que no era culpable de nada,
                   sino solidario con sus compañeros que necesitaban
                   cambiar de vida y de ciudad. Todos estaban muy
                   animados; Viscos era un lugar en donde finalmente
                   sucedían cosas diferentes e importantes.
                   -La única arma que estará cargada será la mía,
                   pueden estar seguros, puesto que yo no puedo
                   elegir por mí mismo. Tampoco me voy a quedar con
                   mi parte del oro; esto lo hago por otros motivos.
                   Las palabras del sacerdote molestaron de nuevo
                   al alcalde. Estaba haciendo lo posible para que
                   los habitantes de Viscos comprendieran que se
                   trataba de un hombre valiente, un líder generoso
                   capaz de hacer cualquier sacrificio. Si su mujer
                   estuviera allí, diría que estaba preparando su
                   candidatura para las próximas elecciones
                   municipales.
                            "Ya llegará el lunes", pensó. Promulgaría un
                   decreto aumentando de tal manera los impuestos de
                   la iglesia, que al sacerdote le resultaría
                   imposible quedarse en el pueblo. Al fin y al cabo,
                   era el único que no pretendía ser rico.
                   -¿Y la víctima? -preguntó el herrero.
                   -Vendrá -dijo el sacerdote-. Yo me encargaré de
                   ello. Pero necesito tres voluntarios.
                   Como no se presentó nadie, el sacerdote escogió
                   tres hombres fuertes. Uno de ellos intentó
                   negarse, pero sus amigos lo miraron y cambió de
                   idea al momento.
                   -¿Dónde ofreceremos el sacrificio? -preguntó el
                   terrateniente, dirigiéndose abiertamente al
                   sacerdote. El alcalde estaba perdiendo su
                   autoridad rápidamente, y necesitaba recuperarla de
                   inmediato.
                   -Quien decide soy yo -dijo, mirando con rabia
                   al terrateniente-. No quiero que el suelo de
                   Viscos se manche con sangre. Será mañana, a esta
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