Page 31 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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aproximarían a ella y le pedirían gentilmente que
                   abriera su maleta. Tan pronto como vieran su
                   contenido, la gentileza desaparecería por
                   completo; ella era la mujer que andaban buscando,
                   a causa de una denuncia efectuada tres horas
                   antes.
                            En la comisaría, Chantal tendría dos
                   alternativas: o bien decir la verdad -que nadie
                   creería- o afirmar que había visto la tierra
                   revuelta, había hurgado un poco y había encontrado
                   el oro. Cierta vez, un cazador de tesoros -que
                   también buscaba algo escondido por los celtas-
                   había pasado la noche en su cama. Le había contado
                   que las leyes de su país eran claras: tenía
                   derecho a todo lo que encontrase, pero estaba
                   obligado a registrar, en el departamento
                   pertinente, determinadas piezas de valor
                   histórico. Pero aquel lingote de oro no tenía
                   ningún valor histórico, era un objeto moderno, con
                   marcas, sellos y números impresos.
                            La policía interrogaría al hombre. El no podría
                   demostrar que ella había entrado en su habitación
                   para robar sus pertenencias. Sería su palabra
                   contra la de Chantal, pero tal vez era más
                   poderoso de lo que ella se imaginaba, tal vez
                   tenía contactos con gente importante y saldría
                   bien parado del asunto. Chantal, en cambio,
                   pediría que la policía realizara un examen al
                   lingote y comprobarían que ella les había dicho la
                   verdad: había restos de tierra en el metal.
                            Mientras, la historia ya habría llegado a
                   Viscos, y sus habitantes -por celos o por envidia-
                   empezarían a levantar sospechas respecto a la
                   chica, diciendo que en más de una ocasión había
                   circulado el rumor de que se acostaba con
                   huéspedes; tal vez se lo había robado mientras el
                   hombre dormía.
                            El asunto terminaría de un modo patético: la
                   justicia confiscaría el lingote de oro hasta que
                   se resolviera el caso, ella volvería a hacer
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