Page 38 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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-Yo no oí a ningún lobo -dijo la dueña del
                   hotel, que también estaba allí, comprando el pan.
                   -Hace meses que no se oye el aullido de un lobo
                   en esta comarca -comentó la mujer que preparaba
                   los productos que se vendían en la pequeña tienda
                   del hotel-. Los cazadores deben de haberlos
                   exterminado a todos y eso representa un desastre
                   para nosotros, porque los escasos lobos que quedan
                   son los que atraen a los cazadores. Ellos adoran
                   esta competición inútil: ver quién consigue
                   matar al animal más difícil.
                   -No digas delante del repartidor del pan que ya
                   no quedan lobos en la comarca -replicó en voz baja
                   la jefa de Chantal-. En cuanto lo descubran, puede
                   que la vida en Viscos cese definitivamente.
                   -Pero yo oí un lobo...
                   -Debía de ser el lobo maldito -comentó la mujer
                   del alcalde, a quien no caía nada bien Chantal,
                   pero era lo suficientemente educada para disimular
                   sus sentimientos.
                   La dueña del hotel se irritó:
                   -¡El lobo maldito no existe! Era un lobo vulgar
                   y corriente, y ya deben de haberlo matado.
                   La mujer del alcalde no se dio por vencida.
                   -Tanto si existe como si no, todos sabemos que
                   ayer noche no aulló ningún lobo. Haces trabajar
                   demasiado a esta chica y está tan exhausta que
                   incluso tiene alucinaciones.
                            Chantal las dejó en plena discusión, cogió su
                   pan y se fue.
                            "Una competición inútil", pensaba, recordando
                   el comentario de la mujer que preparaba las
                   conservas. Ellos consideraban que la vida era eso:
                   una competición inútil. Estuvo a punto de revelar
                   allí mismo la proposición del extranjero, para ver
                   si aquella gente tan cómoda y pobre de espíritu se
                   comprometía en una competición verdaderamente
                   útil: diez lingotes de oro a cambio de un simple
                   crimen que aseguraría el futuro de hijos y nietos,
                   el retorno de la gloria perdida de Viscos, con o
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