Page 95 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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dio cuenta de que, en breve, se quemaría las
                   manos; no le quedaba mucho tiempo. Sin pensarlo
                   mucho, manteniendo la mirada fija en aquellos
                   siniestros ojos azules, corrió en dirección al
                   lobo; éste dejó de gruñir y saltar, dio media
                   vuelta y se internó de nuevo en el bosque.
                            Chantal bajó del árbol en un abrir y cerrar de
                   ojos. En poquísimo tiempo había cogido un puñado
                   de ramitas y se había hecho su propia antorcha.
                   -¡Vámonos! ¡Rápido!
                   -¿Adónde?
                            ¿Adónde? ¿A Viscos, en donde todos los verían
                   llegar juntos? ¿Hacia otra trampa en la que el
                   fuego no producía el menor efecto? Ella se dejó
                   caer en el suelo, con un inmenso dolor en la
                   espalda y el corazón disparado.
                   -Enciende una hoguera -dijo al extranjero-. Y
                   déjame pensar.
                            Intentó moverse y lanzó un grito; parecía que
                   tuviera un puñal clavado en el hombro. El
                   extranjero juntó hojas, ramas e hizo la hoguera. A
                   cada movimiento, Chantal se retorcía de dolor, y
                   dejaba escapar un gemido sordo; debía de haberse
                   herido gravemente al subir al árbol.
                   -No te preocupes, que no tienes ningún hueso
                   roto -dijo el extranjero, al oír sus gemidos de
                   dolor-. Yo he pasado por esto. Cuando el organismo
                   llega al límite de la tensión, los músculos se
                   contraen y nos juegan esta mala pasada. Deja que
                   te dé un masaje.
                   -¡No me toques! ¡No te acerques! ¡No hables
                   conmigo!
                            Dolor, miedo, vergüenza. Estaba segura dé que
                   él había visto cómo desenterraba el oro; él sabía
                   -porque el Demonio era su compañero, y los
                   demonios conocen el alma de las personas- que esta
                   vez Chantal pensaba robarle.
                            Como también sabía que, en ese instante, todo
                   el pueblo estaba soñando con cometer el crimen.
                   Como sabía que no harían nada, porque tenían
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