Page 33 - 13 EL MERCADER DE VENECIA--WILLIAM SHAKESPEARE
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creer a sus vecinas que lloraba por la muerte de su tercer marido.
                             Pero sin incurrir en prolijidad, o desviarnos del camino principal
                             de la conversación, la verdad es que el buen Antonio, el honrado
                             Antonio... ¡Oh, que no tenga un epíteto bastante honorable para
                             acompañarlo a su nombre!
                             SALARINO.-  Veamos, llega al final.
                             SALANIO.-  ¡Ah! ¿Qué dices? ¡Vaya! El final es que ha perdido un
                             bajel.
                             SALARINO.-  Quisiera que ese fuese el final de sus pérdidas.
                             SALANIO.-  Déjame decir muy aprisa amén, no sea que el diablo
                             destruya el efecto de mi plegaria, porque ahí lo tienes, que llega
                             bajo la figura de un judío.

                             (Entra SHYLOCK.)

                             ¡Hola, Shylock! ¿Qué novedades hay entre los mercaderes?
                             SHYLOCK.-  Estáis enterados mejor que nadie, mejor que nadie, de la
                             fuga de mi hija.
                             SALARINO.-  Es cierto; por mí, conozco al sastre que ha
                             confeccionado las alas con que ha huido.
                             SALANIO.-  Y Shylock, por su parte, sabía que el ave tenía plumas; y
                             es natural en las aves abandonar su nido cuando tienen plumas.
                             SHYLOCK.-  Será condenada por eso.
                             SALARINO.-  Indudablemente, si el diablo pudiera ser su juez.
                             SHYLOCK.-  ¡Mi carne y mi sangre revelarse así!
                             SALANIO.-  ¡Fuera, fuera, vieja carroña! ¿Es que se revela eso a tu
                             edad?
                             SHYLOCK.-  Digo que mi hija es mi carne y mi sangre.
                             SALARINO.-  Existe más diferencia entre tu carne y la suya que entre
                             el ébano y el marfil; más diferencia entre vuestras dos sangres que
                             entre el vino tinto y el vino del Rhin. Pero, decidnos: ¿habéis oído
                             o no decir que Antonio había tenido una pérdida en el mar?
                             SHYLOCK.-  He ahí otro buen negocio más para mí. ¡Un quebrado, un
                             pródigo, que apenas se atreve a asomar la cabeza por el Rialto! ¡Un
                             mendigo, que tenía costumbre de venir a hacerse el elegante en el
                             mercado! ¡Que tenga cuidado con su documento! Tenía el hábito de
                             llamarme usurero; que tenga cuidado con su pagaré. Tenía la
                             costumbre de prestar dinero por caridad cristiana; que tenga cuidado
                             con su papel.
                             SALARINO.-  ¡Bah! Estoy seguro de que, si no está en regla, no le
                             tomarás su carne. ¿Para qué sería buena?
                             SHYLOCK.-  Para cebar a los peces. Alimentará mi venganza, si no
                             puede servir para nada mejor. Ha arrojado el desprecio sobre mí, me
                             ha impedido ganar medio millón; se ha reído de mis pérdidas, se ha
                             burlado de mis ganancias, ha menospreciado mi nación, ha dificultado
                             mis negocios, enfriado a mis amigos, exacerbado a mis enemigos, y
                             ¿qué razón tiene para hacer todo esto? Soy un judío. ¿Es que un
                             judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos,
                             proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido
                             de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las
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