Page 139 - La Cabeza de la Hidra
P. 139

nevera y usted está vengado, ¿cómo?
                  Detrás de las cortinillas negras del Citroën se ocultaba la ciudad de México. Los dos
                  hombres no hablaron durante mucho tiempo. El abatimiento de Félix cancelaba la cólera
                  que latía detrás de la fatiga, tan disfrazada como la ciudad por las cortinas del
                  automóvil.
                  —Me arrebató usted el único acto mío, mi único acto libre —dijo Félix al cabo—. ¿Por
                  qué?
                  El Director General encendió lentamente un cigarrillo antes de responder.
                  —La hidra de la pasión tiene muchas cabezas. Pregúntese si Sara Klein merecía morir
                  como usted lo imaginó, por una pasión equivocada. Debió usted suponer que ese crimen
                  escondía otro misterio, como las muñecas rusas que se contienen a sí mismas en número
                  creciente pero en tamaño disminuido. No. Piense que Sara Klein, al cabo, mereció su
                  muerte. La pasión de Otelo no se hubiese identificado con la vida de Sara. La pasión de
                  Macbeth, sí. Todas las aguas del gran Neptuno no borrarán la sangre de nuestras manos,
                  señor licenciado, lo sé. Sara murió con  las manos limpias. Pero creo que vamos
                  llegando.
                  El Citroën se detuvo. Félix abrió la puerta. Estaba frente a la casa de apartamentos en
                  Polanco.
                  —Aquí lo espero —dijo el Director General cuando Félix descendió.
                  Félix se agachó frente a la puerta para ver al hombre dibujado como un fantasma entre
                  la mullida oscuridad del automóvil francés.
                  —¿Para qué? Estoy en mi casa. Aquí me quedo.
                  —De todos modos, recuerde que aquí lo espero.
                  Félix cerró la portezuela y miró hacia el noveno piso del edificio. Las luces estaban
                  encendidas, pero eran las de las más bajas y tenues del apartamento.

                  47

                  Tomó el ascensor y pensó en la última vez que vio a Ruth. Le pareció un siglo, no tres
                  semanas. Recordó la mirada de su esposa, nunca lo había mirado así, con los ojos llenos
                  de lágrimas y ternura, negando lentamente con la cabeza, con el entrecejo preocupado,
                  como si por una vez supiera la verdad y no quisiera ofenderlo diciéndosela.
                  —No vayas, por favor, Félix. Quédate conmigo. Te lo digo así, tranquila, sin hacer
                  tangos. Quédate. No te expongas.
                  Tierna, dulce Ruth, ni tan inteligente como Sara ni tan guapa como Mary, pero capaz de
                  arrebatos coléricos alumbrados por los celos y abatidos por el cariño, una chica judía
                  pecosilla, se disfraza las pecas con maquillaje, las gotas de sudor se le juntan en la
                  puntita de la nariz, la señora Maldonado es una chica judía bonita, graciosa, activa, su
                  Penélope fiel, ahora que regresaba vencido de la guerra contra una Troya invisible, la
                  mujer que necesitaba para que le resolviera los problemas prácticos, le tuviese listo el
                  desayuno, planchados los trajes, hechas las maletas, todo, hasta ponerle las mancuernas.
                  Y él sólo tenía que recompensarla con paciencia y piedad.
                  Sacó el manojo de llaves. Las llaves de su hogar. Paciencia y piedad. Ojalá Ruth le
                  diese sólo eso. Lo necesitarían más que nunca para rehacer su relación. Ella lo creía
                  muerto, ¿cómo iba a recibirlo? Ella lo conocía, lo recordaba con tristeza pero ya no lo
                  buscaba, ¿lo reconocería con el rostro cambiado, muy poco en verdad, lo suficiente para
                  crear una sospecha, será él o será otro, Bernstein tenía razón?
                  Se miró en el vestíbulo, creyendo en verdad que la reproducción del autorretrato de
                  Velázquez era un espejo, ¿cómo iba a aceptar la señora Maldonado que de ahora en
                  adelante se llamaría la señora Velázquez, cómo iba a salvarse ese obstáculo práctico,
   134   135   136   137   138   139   140   141   142   143   144