Page 139 - La Cabeza de la Hidra
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nevera y usted está vengado, ¿cómo?
Detrás de las cortinillas negras del Citroën se ocultaba la ciudad de México. Los dos
hombres no hablaron durante mucho tiempo. El abatimiento de Félix cancelaba la cólera
que latía detrás de la fatiga, tan disfrazada como la ciudad por las cortinas del
automóvil.
—Me arrebató usted el único acto mío, mi único acto libre —dijo Félix al cabo—. ¿Por
qué?
El Director General encendió lentamente un cigarrillo antes de responder.
—La hidra de la pasión tiene muchas cabezas. Pregúntese si Sara Klein merecía morir
como usted lo imaginó, por una pasión equivocada. Debió usted suponer que ese crimen
escondía otro misterio, como las muñecas rusas que se contienen a sí mismas en número
creciente pero en tamaño disminuido. No. Piense que Sara Klein, al cabo, mereció su
muerte. La pasión de Otelo no se hubiese identificado con la vida de Sara. La pasión de
Macbeth, sí. Todas las aguas del gran Neptuno no borrarán la sangre de nuestras manos,
señor licenciado, lo sé. Sara murió con las manos limpias. Pero creo que vamos
llegando.
El Citroën se detuvo. Félix abrió la puerta. Estaba frente a la casa de apartamentos en
Polanco.
—Aquí lo espero —dijo el Director General cuando Félix descendió.
Félix se agachó frente a la puerta para ver al hombre dibujado como un fantasma entre
la mullida oscuridad del automóvil francés.
—¿Para qué? Estoy en mi casa. Aquí me quedo.
—De todos modos, recuerde que aquí lo espero.
Félix cerró la portezuela y miró hacia el noveno piso del edificio. Las luces estaban
encendidas, pero eran las de las más bajas y tenues del apartamento.
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Tomó el ascensor y pensó en la última vez que vio a Ruth. Le pareció un siglo, no tres
semanas. Recordó la mirada de su esposa, nunca lo había mirado así, con los ojos llenos
de lágrimas y ternura, negando lentamente con la cabeza, con el entrecejo preocupado,
como si por una vez supiera la verdad y no quisiera ofenderlo diciéndosela.
—No vayas, por favor, Félix. Quédate conmigo. Te lo digo así, tranquila, sin hacer
tangos. Quédate. No te expongas.
Tierna, dulce Ruth, ni tan inteligente como Sara ni tan guapa como Mary, pero capaz de
arrebatos coléricos alumbrados por los celos y abatidos por el cariño, una chica judía
pecosilla, se disfraza las pecas con maquillaje, las gotas de sudor se le juntan en la
puntita de la nariz, la señora Maldonado es una chica judía bonita, graciosa, activa, su
Penélope fiel, ahora que regresaba vencido de la guerra contra una Troya invisible, la
mujer que necesitaba para que le resolviera los problemas prácticos, le tuviese listo el
desayuno, planchados los trajes, hechas las maletas, todo, hasta ponerle las mancuernas.
Y él sólo tenía que recompensarla con paciencia y piedad.
Sacó el manojo de llaves. Las llaves de su hogar. Paciencia y piedad. Ojalá Ruth le
diese sólo eso. Lo necesitarían más que nunca para rehacer su relación. Ella lo creía
muerto, ¿cómo iba a recibirlo? Ella lo conocía, lo recordaba con tristeza pero ya no lo
buscaba, ¿lo reconocería con el rostro cambiado, muy poco en verdad, lo suficiente para
crear una sospecha, será él o será otro, Bernstein tenía razón?
Se miró en el vestíbulo, creyendo en verdad que la reproducción del autorretrato de
Velázquez era un espejo, ¿cómo iba a aceptar la señora Maldonado que de ahora en
adelante se llamaría la señora Velázquez, cómo iba a salvarse ese obstáculo práctico,

