Page 100 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            sas se ponían mal en los USA. Qué bueno que no le interesaba hacerse ciudadano norteame-
            ricano. Qué bueno que amaba tanto a su país y sólo quería regresar a él. Qué bueno que soy
            trabajador y no ciudadano —les contestó Fortunato Hijo y eso no les gustó a sus patronos—. Qué
            bueno que soy barato y seguro, ¿verdad?

               Luego los patrones comentaron que la ventaja del trabajador mexicano era que no se hacía
            ciudadano  ni  organizaba  sindicatos  y huelgas como los inmigrantes europeos. Pero si este tal
            Fortunato Ayala se volvía respondón, habría que aislarlo, castigarlo.

               —A todos se les sube —dijo uno de estos empleadores.

               —Todos acaban por enterarse de sus derechos —dijo otro.

               Por eso cuando se acabó la guerra y con ella  el  programa  de  braceros,  el  joven  nieto  de
            Fortunato padre e hijo de Fortunato hijo, Salvador Ayala, se encontró con la frontera cerrada. Ya
            no eran necesarios. Pero el pueblecito cerca de Purísima del Rincón se había acostumbrado a
            vivir de las remesas. Todos sus jóvenes dejaban el pueblo para buscar el trabajo en el norte. Si
            no, el pueblecito se moriría, como se muere un niño abandonado en el monte por sus padres.
            Valía la pena arriesgarlo todo. Eran los hombres, eran los muchachos. Los más fuertes, los más
            listos, los más valientes. Ellos se iban. Los niños, las mujeres, los ancianos, se quedaban atrás.
            Todos dependían de los trabajadores.

               —Aquí hay hombres que viven porque hay hombres que se van. Que no se diga que aquí hay
            hombres que mueren porque ya nadie se va.

               Salvador Ayala, padre de Benito, hijo y nieto de los Fortunatos, se volvió espalda mojada, el
            ilegal  que  cruzaba  el  río  de noche y era pescado del otro lado por la patrulla fronteriza. Se la
            jugaban. Él y los demás. Valía la pena el riesgo. Si los agricultores texanos necesitaban mano de
            obra, el mojado nomás era llevado de vuelta a la frontera y puesto del lado mexicano. En seguida
            era admitido, ya seco, del lado texano, protegido por un empleador. Pero cada año, la duda se
            repetía. ¿Esta vez, entraré o no? Esta vez, ¿podré mandar cien, doscientos dólares al pueblo?

               La información circulaba en Purísima del Rincón. De la placita a la iglesia, de la sacristía a la
            cantina,  del  riachuelo  a  los campos de nopal y breña, de la gasolinera a la costurería, todos
            sabían que en época de cosechas no hay ley que valga. Les dan órdenes de no deportar a nadie.
            Podemos ir. Podemos pasar. La policía ni se acerca a los ranchos texanos protegidos, aunque
            sepan que todos los trabajadores son ilegales.

               —No te preocupes. Esto no depende de nosotros. Si les hacemos falta, nos dejan pasar, con
            ley o sin ella. Si no les hacemos falta, nos corren a patadas, con ley o sin ella.

               A nadie le fue peor que a Salvador Ayala, padre de Benito y nieto del primer Fortunato. A él le
            tocaron las peores represiones, las expulsiones, las operaciones de limpia fronteriza. A él le tocó
            ser víctima del capricho brutal. El patrón decidía cuándo tratarlo como  trabajador  contratado  y
            cuándo como criminal y entregarlo a la migra. Salvador Ayala se quedó sin armas. Si alegaba que
            el patrón le había dado trabajo ilegalmente, se condenaba a sí mismo y carecía de pruebas contra
            él. El patrón manejaba los documentos falsos para probar que Salvador era obrero legal, si hacía
            falta. Para volverlos invisibles y deportar a Salvador, si hacía falta.

               Ahora  era la peor época. Benito sabía, nieto del segundo Fortunato e hijo de Salvador,
            descendiente del fundador del éxodo, el primer Fortunato,  que  todas  las  épocas  eran  difíciles,
            pero esta más que ninguna.

               Porque ahora seguía habiendo necesidad. Pero también había odio.

               —¿A ti también te odiaron? —le preguntó Benito a su padre Salvador.

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