Page 99 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


               Atrás de las casas, las huertas, los jardincitos, el riachuelo. Todos los muros pintados,
            anunciando  cervezas,  propaganda  del  PRI,  elecciones próximas o pasadas. Viéndolo bien y a
            pesar de todo, un pueblo bueno, un pueblo dulce, un pueblo con historia y con lo que el pasado le
            regala a sus descendientes para hacer una vida buena.

               Pero de nada de esto vivía el pueblo.

               El pueblo de Benito Ayala vivía de enviar trabajadores a los Estados Unidos y de las remesas
            que los trabajadores hacían al pueblo.

               Los viejos y los niños, los escasos comerciantes, hasta los poderes políticos, se acostumbraron
            a vivir de esto. Era el principal y puede que el único ingreso del pueblo. ¿Para qué inventarse
            otro? Las remesas eran hospital, seguro social, pensión, maternidad, todo junto.

               Con los ojos cerrados, detenido de noche del lado mexicano del río, con los brazos abiertos y los
            puños cerrados, Benito Ayala iba recordando a las generaciones de su pueblo.

               Fue el bisabuelo Fortunato Ayala el primero que salió de México huyendo de la Revolución.

               —Esta guerra no se va a acabar nunca —anunció un día poco antes de la batalla de Celaya allí
            mismo en Guanajuato—. La guerra va a durar más que mi vida. Mientras todos nos unimos
            contra el tirano Huerta, me aguanté. Pero ahora que nos vamos a matar los hermanos los unos a
            los otros, mejor me voy.

               Se  fue a California y trató de poner un restorán. Nomás  que a los gringos no les gustaba
            nuestra comida. Ponerle chocolate al pollo les daba náusea. Quebró. Buscó trabajo en la industria,
            porque decía que para agacharse a recoger tomates, mejor se regresaba a Guanajuato. Sólo que a
            donde quiera que fue, la respuesta fue siempre la misma, como si se hubieran aprendido un
            catecismo: —Ustedes no fueron hechos para trabajar en fábricas. Mírense. Son bajitos. Están cerca
            de la tierra. Agáchense, recojan frutas y verduras. Para eso los hizo Dios—.  Se rebeló. Llegó como
            pudo (máximamente en los vagones de carga de los trenes, escondido pero de a oquis) has-
            ta Chicago y le importó madres el frío, el viento, la hostilidad. Encontró trabajo en el acero. Cerca
            de la mitad de los trabajadores de la acerera eran mexicanos. Ni siquiera tuvo que aprender inglés.
            Mandó a Guanajuato los primeros dineritos. En esa época todavía funcionaba el correo y un sobre
            con dolaritos llegaba a su destino en la cabecera municipal de Purísima del Rincón y allí iban a re-
            cogerlo sus familiares. Veinte, treinta, cuarenta dólares. Una fortuna para un país devastado
            por la guerra donde cada facción rebelde emitía sus propios billetes, los famosos "bilimbiques".

               Fortunato Ayala, antes de enviar sus dólares, los miraba largamente, acariciándolos con los
            ojos, imaginándolos de satín, de seda, no de papel, tan brillantes y planchaditos, los miraba lar-
            gamente a contraluz, como para asegurarse de su validez y aun de su belleza verde, presidida por
            Jorge Washington y el Ojo de Dios de los Huicholes. ¿Qué hacía el símbolo sagrado de los indios
            mexicanos en el billete de a dólar gringo? En todo caso, el triángulo de la mirada divina significa-
            ba protección y previsión, aunque también fatalidad. Jorge Washington parecía una abuelita pro-
            tectora con cabecita de algodón y dientes postizos.

               Pero nadie protegió al bisabuelo Fortunato cuando el desempleo norteamericano de 1930 lo arrojó
            fuera de los Estados Unidos, deportado junto con miles de mexicanos. Fortunato salió con pesa-
            dumbre, además, porque en Chicago dejó a una muchacha mexicana embarazada a la que nunca
            le ofreció nada más que amor. Ella sabía que Fortunato era casado y con hijos: sólo le pidió el
            apellido, Ayala, y Fortunato se lo dio, con un poco de miedo pero resignándose a ser genero-
            so.

               Se fue. Estableció una tradición: el pueblo viviría  de  las  remesas  de  sus  trabajadores
            emigrados. Su hijo,  Fortunato  como  él,  pudo llegar a California durante la segunda guerra,
            legalmente. Era un bracero. Entraba legalmente; sus patrones le hacían saber, de todas maneras,
            que su situación era muy precaria. Estaba a  un  paso  de  su  propio  país,  México.  Era  fácil
            deportarlo sí las cosas se ponían mal en los USA. Qué  bueno que no le interesaba hacerse
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