Page 98 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal




                                                RÍO GRANDE, RÍO BRAVO

               A David Carrasco


               Hijo de la altura, descendiente de la nieve, los hielos del cielo lo bautizan cuando brota en las
            montañas  de  San  Juan,  rompe  el escudo virginal de las cordilleras, inicia su abrupta juventud
            desafiando cañones y abriendo tajos para que pasen las aguas tormentosas de mayo a  junio,
            pierde altura pero gana desierto, gasta la madurez en dejar limosnas de agua aquí y allá entre el
            mezquite, su vejez lujosa la dispensa en fértiles tierras labrantías y su muerte se  la  regala,
            exhausto, al mar río grande, río bravo, ¿siempre crecieron contigo, desde la creación, los cedros
            gruesos y aromáticos que fueron madera de tus nodrizas, siempre  anunciaron  tu  llegada  las
            plantas rodadoras del desierto, siempre te defendieron de los intrusos las espinas del palo verde y
            las bayonetas de las yucas, siempre perfumaron tus amores los inciensos del piñón, siempre te
            escoltaron los séquitos de álamos blancos y te disfrazaron los abetos rojos, siempre te mecieron
            las olas color aceituna de tus pastos inmensos, no impidieron tu muerte las nerviosas lechuguillas
            enfermeras, no la conmemoraron los frutos negros del enebro, no lloraron los sauces tu réquiem,
            río grande, río bravo, no te olvidaron el creosote, el cacto y la artemisa, tan sedientos de tu paso,
            tan obsesionados por tu siguiente renacimiento que ya no se acuerdan de tu muerte? el río de
            varios pisos viaja de regreso a sus orígenes desde las llanuras costaneras, su fértil media luna
            arrastra una capa de pantanos, el valle se ancla entre el pino y el ciprés hasta que lo vuelve a
            levantar un vuelo de palomas, llevándose el río a un mirador escarpado donde la tierra se quebró
            desde el primer día de la creación, bajo la mano de Dios: ahora Dios, todos los días, le da la mano
            al río grande, río bravo, para que suba a su balcón y ruede por los tapetes de su antesala antes
            de abrirle las puertas de su siguiente estancia, el escalón que lleva sus aguas, si logran escalar
            los enormes barrancos, a los techos del mundo donde  cada  meseta  tiene  su  nube  fiel  que  la
            acompaña y la reproduce como un espejo de aire, pero ahora la tierra se seca y el río nada puede
            hacer por ella salvo plantar estacas que guíen su curso y el de sus viajeros, pues es aquí donde
            todos se perderían si no fuese por la protección de las montañas de Guadalupe que devuelven el
            río a su seno, río grande, río bravo, de regreso en su cueva nutricia de donde nunca debió salir
            rumbo al exilio de la sangre y el trabajo, el exilio de la muerte y la ceguera huracanada del mar
            que lo espera de nuevo para ahogarle...

                BENITO AYALA  Detenido en la  noche a la orilla del río, Benito Ayala estaba rodeado de
            hombres parecidos a él. Todos entre los veinte y los cuarenta años, todos tocados con sombreros
            de petate, todos vestidos con camisas y pantalones de mezclilla, zapatos fuertes para el trabajo
            en clima frío, chamarras de colores y diseños variados.

               Todos  levantan los brazos, los abren en cruz, cierran los puños, ofrecen su trabajo
            silenciosamente, del lado mexicano del río, esperando que alguien los note, los salve, les haga
            caso.  Prefieren  exponerse  a  ser  fichados que dejar de anunciarse, hacerse presentes: Aquí
            estamos. Queremos trabajo.

               Todos se parecen, pero Benito Ayala sabe que cada uno va a cruzar el río con un costal de
            recuerdos diferentes, una mochila invisible en la que sólo cabe la memoria particular de cada uno
            de ellos.

               Benito Ayala cerró los ojos para olvidar la noche e imaginar el cielo. Por su cabeza pasó un
            lugar. Era su pueblo, en las montañas de Guanajuato. No muy  distinto  de  muchos  pueblitos
            mexicanos de montaña. Una sola calle por donde pasaba la carretera. A ambos lados, las casas
            todas de un piso. Allí mismo los comercios, las tlapalerías, la fonda, la farmacia. A la entrada, la
            escuela. A la salida, la gasolinera y los mejores excusados del pueblo, el mejor radio, los
            refrescos mejor refrigerados. Pero para usar los excusados, había que llegar en coche. Conocían
            a los lugareños. Los mandaban a cagar al monte, riéndose de ellos.

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