Page 97 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            la otra apretaba la de su Encarna y ella le pedía ir más despacio, Jesús, que no la asustara, se
            trataba de llegar vivos a Madrid, pero él que ni modo, por más que ella  lo  suavizara,  él  tenía
            costumbres y reacciones de macho que no iba a dejar de un día para otro, además el Mercedes
            ronroneaba como un gato, era una delicia manejar un carro que se deslizaba sobre la carretera
            como mantequilla sobre un bolillo, sonrió cuando entraron al larguísimo túnel de los Barrios de la
            Luna, dejando atrás el paisaje tutelar de picachos nevados y brumas rasgadas. Leandro encendió
            las luces como dos ojos de gato, seguido de la vieja camioneta manejada por un hombre vestido de
            negro, con el sombrero negro hundido hasta las orejas inmensas y la barba gris picándole el cuello
            blanco de la camisa sin cuello. Se rascó el lóbulo de la oreja peluda. Se cuidó de cambiar de ca-
            rril y pasarse al izquierdo, exponiéndose a un choque seguro. Mejor siguió a la distancia, con
            seguridad, a ese elegante Mercedes con placas de Madrid. Se carcajeó. El honor se lo deja-
            ba a los gilipollas. Él iba a vengar a su pobre hijo.

               Tú corrías a noventa por hora, avergonzado de pensar que lo hacías para que te detuviera la po-
            licía de caminos y te impidiera entrar al túnel que se avecinaba. Te mareó el paso súbito del sol duro
            a la bocanada de humo, al aliento de niebla negra dentro del túnel. Tomaste con decisión el carril
            izquierdo, arrancaste en sentido contrario, diciéndote que ibas a dejar la aldea de piedra, la
            lengua de piedra, eso era mejor que irse a América, esto era ser auténtico, ser tú mismo, exponerte
            para ganar una apuesta, y qué apuesta, doscientos mil duros, de un golpe, exponías la vida pero
            con suerte te hacías rico de un golpe, a ver si la suerte te protegía, si no te la jugabas ahora ya no lo
            harías nunca, la suerte era igual que el destino y todo dependía de una apuesta, esto era igual que
            meterse de torero, pero en vez del toro lo que avanzaba velozmente hacia ti era un par de luces en-
            cendidas, cegantes para ti y para el que conducía el carro contrario, dos cuernos luminosos, apos-
            taste: ¿sería el viejo hijo de su puta madre y padre de sus putos hijos, quién, quién o quiénes se-
            rían estos seres a los que ibas a darles un gran abrazo de piedra, tú con tus cuernos de toro
            luminosos también, como esos que sostienen a todas las vírgenes de España y de América?,
            pensaste en una mujer antes de estrellarte contra el auto que venía en sentido contrario, que era el
            sentido correcto, pensaste en el pan de las vírgenes, el pan de las novias de todo el mundo, pan de
            chourar, el pan del llanto convertido en piedra.












































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