Page 101 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
—Como te van a odiar a ti, no.
No sabía las razones, pero lo sentía. Detenido del lado mexicano del Río Bravo, sentía el
miedo de todos y el odio del otro lado. Iba a cruzar de todos modos. Pensó en todos los que
dependían de él en Purísima del Rincón.
Extendió hasta donde pudo los brazos en cruz, crispando los puños, mostrando el cuerpo listo
para trabajar, pidiendo un poco de amor y compasión, no sabiendo si cerraba los puños así por
coraje, desafío o de plano resignación y desánimo.
Ésta nunca fue la tierra donde el hombre nunca fue: desde hace treinta mil años los pueblos
siguen el curso del río grande, río bravo, descienden desde el norte, emigran hacia el sur, buscan
los nuevos territorios de la caza, de paso descubren América, sienten la atracción y la hostilidad
del nuevo mundo, no descansan hasta recorrerla entera para saber si es tierra amiga o enemiga,
hasta llegar al otro polo, tierra que tuvo placenta de cobre, tierra que tendrá nombre de plata,
tierras todas de la migración más vasta conocida por los hombres, de Alaska a Patagonia, tierra
bautizada por la migración: acompañada, América, de vuelos e imágenes, de metáforas y
metamorfosis que hacen llevadero el andar, que salvan a los pueblos de la fatiga, el abatimiento,
la lejanía, el tiempo, los siglos necesarios para recorrer América de polo a polo: no diré sus
nombres, sólo los conocen quienes saben escuchar el silencio, no contaré sus hazañas, sólo las
repiten las estrellas de polvo de los senderos, no recordaré sus sufrimientos, los grita el huracán
de las aves, no mencionaré sus calendarios, son todos un río de cenizas, sólo el perro los
acompañó, el único animal amigo del indio, pero luego se cansaron de tanto andar, soltaron a los
perros en feroces jaurías cimarronas y ellos se detuvieron, decidieron que el centro del mundo
estaba aquí mismo, donde estaban plantados sus pies en ese instante, éste era el centro del
mundo, la tierra del río grande, río bravo; el mundo había brotado de los surtidores invisibles de
las aguas del desierto; los ríos subterráneos, dicen los indios, son la música de Dios, gracias a
ellos crece el maíz, el frijol, la calabaza y el algodón, y cada vez que una planta crece y da sus
frutos, el indio se transforma, el indio se vuelve estrella, olvido, ave, mezquite, olla, membrana,
flecha, incienso, lluvia, olor de lluvia, tierra, temblor de tierra, fuego apagado, silbido en la
montaña, beso a escondidas, todo esto se vuelve el indio cuando la semilla muere, se vuelve niño
y abuelo del niño, memoria, ladrido, alacrán, zopilote, nube y mesa, vasija rota del nacimiento,
túnica escarmentada de la muerte, se vuelve máscara, escalera, roedor, se vuelve caballo, se
vuelve rifle, se vuelve blanco; sueña el indio y su sueño se convierte en profecía, todos los sueños
de los indios se vuelven realidad, encarnan, les dan la razón, los llenan de pavor y por eso los
vuelven sospechosos, arrogantes, celosos, orgullosos pero espantados de conocer siempre el
porvenir, sospechosos de que se vuelva realidad lo que sólo debió ser una pesadilla: el hombre
blanco, el caballo, el fusil, ay, ellos habían dejado de moverse, las grandes migraciones
terminaron, la hierba creció sobre los caminos, las montañas separaron a los pueblos, las lenguas
dejaron de entenderse, decidieron no moverse ya del mismo lugar, del nacimiento a la muerte,
tejer una gran manta de lealtades, deberes, valores, para protegerse hasta que el río se incendió y
la tierra se movió otra vez DAN POLONSKY Flaco y pálido, pero musculoso y ágil, Dan Polonsky
se ufanaba de que a pesar de vivir en la frontera, no se exponía al sol. Tenía la tez pálida de sus
antepasados europeos, inmigrantes que fueron mal recibidos, discriminados, tratados como
basura. Dan recordaba las quejas de sus abuelos. La salvaje discriminación de la que fueron
objeto porque hablaban distinto, comían distinto, se veían distintos. Olían distinto. Los anglos se
tapaban las narices cuando pasaban esos viejos (aunque fueran jóvenes, parecían ancianos,
barbados, vestidos de negro) oliendo a cebolla y chucrut. Pero ellos habían persistido, se habían
asimilado, se habían vuelto ciudadanos. Nadie defendería a su patria mejor que ellos, pensó Dan
mientras miraba del lado norteamericano al lado mexicano del río.
—¿Ya viste Air Force —le decía su abuelo Adam Polonsky y como Dan era muy joven para
haber visto las películas de la segunda guerra mundial, el viejo le regaló un video para que viera
cómo la fuerza aérea estaba compuesta por héroes étnicos, no sólo anglos sino descendientes de
polacos, italianos, judíos, rusos, irlandeses, nunca un japonés, es cierto, eran los enemigos. Pero
jamás un latino, un mexicano. Uno que otro negro, dicen que los negros sí fueron a la guerra.
Pero los mexicanos, nunca. No eran ciudadanos. Eran cobardes, eran mosquitos que le chupaban
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