Page 232 - Portico - Frederik Pohl
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alguien que no se ve. No oigo lo que dice, pero la
verdad es que no me importa.
‐ Sigue ‐ le ordeno ‐, y cuando nombres a tus
pacientes, enséñame cómo son.
‐ A las mil doscientas, Lorne Schofield. ‐ Un hombre
viejísimo, con unos dedos que la artritis ha convertido
en garras, que se coge la cabeza ‐. A las mil trescientas,
Frances Astritt. ‐ Una jovencita, que ni siquiera ha
llegado a la adolescencia ‐. A las mil cuatrocientas...
Le dejo continuar un poco más, todo el lunes y medio
martes. No me imaginaba que trabajase tantas horas,
pero pensándolo bien, una máquina no se cansa nunca.
Una o dos pacientes parecen interesantes, pero no
conozco a nadie, y no creo que ninguna valga más que
Yvette, Donna, S.Ya., o una docena de otras.
‐ Dejémoslo ‐ ordeno, y pienso unos minutos.
Esto no es tan divertido como yo suponía. Además,
mi tiempo se agota.
‐ Ya repetiremos el juego en otra ocasión ‐ digo ‐.
Ahora hablemos de mí.
‐ ¿Qué te gustaría saber, Bob?
‐ Lo que normalmente no me haces saber.
Diagnóstico. Pronóstico. Observaciones generales
sobre mi caso. La clase de persona que crees que soy,
en realidad.
‐ El paciente Robinette Stefley Broadhead ‐ empieza
inmediatamente ‐, revela ligeros síntomas depresivos,
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