Page 58 - Portico - Frederik Pohl
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oye por doquier, consistente en palabras de una docena
de idiomas, como: «Écoutez, gospodin, tu es verrückt».
(«Escucha, señor, estás loco.») Bailé dos veces con una
de las brasileñas, una chica morena y flaca de nariz
aguileña, pero bonitos ojos pardos, y traté de decir
algunas palabras sencillas. Tal vez me entendió. Sin
embargo, uno de los hombres de su grupo hablaba
muy bien el inglés; se presentó a sí mismo y me
presentó a los demás. No retuve ningún nombre,
solamente el suyo: Francisco Hereira. Me invitó a una
copa y yo les invité a todos y entonces me di cuenta de
que le había visto antes: era un miembro de las
tripulaciones que nos habían inspeccionado antes de
llegar.
Mientras comentábamos esta circunstancia, Dane se
inclinó sobre mí y gruñó en mi oído:
‐ Me voy a jugar, a menos que desees acompañarme.
No era la invitación más efusiva que había recibido,
pero el estruendo del Infierno Azul empezaba a
hartarme. Le seguí y descubrí un casino de tamaño
natural junto al Infierno Azul, con mesas de blackjack
y póquer, una lenta ruleta con una bola grande y densa,
juegos de dados (éstos tardaban mucho en pararse) e
incluso un ángulo reservado para el bacará.
Metchnikov se dirigió hacia las mesas de blackjack y se
quedó golpeando con los dedos el respaldo de la silla
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