Page 114 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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romperse por tan poca cosa. Pero los alfilerazos de mi
rabadilla magullada, aun simulados, siguen siendo
dolorosos—. ¿Has visto pasar a un niño pequeño?
—¿Te refieres a ése de ahí?
El granuja está a menos de cien metros de distancia,
tronchándose de risa. Me levanto como puedo y
reanudo la carrera.
Nos adentramos en el Laberinto, con el muchacho
manteniendo siempre la delantera, siempre doblando
una esquina antes que yo, sin alejarse nunca en
exceso, surcando a toda prisa el firme de adoquines,
mármol, hierba inteligente y madera.
Corremos por pequeñas plazas chinas con sus
estilizados templos budistas y sus fachadas cubiertas
de centelleantes dragones rojos y dorados;
atravesamos mercados temporales repletos de olor a
pescado sintético, adelantando a un grupo de
Resurrectores cuyos mantos negros encabezan una
columna de Aletargados recién nacidos.
Cruzamos calles enteras —zonas de tolerancia, tal
vez— emborronadas de gevulot, y tramos desiertos
donde Aletargados constructores de movimientos
pausados —más grandes que elefantes, con
caparazones amarillos— imprimen casas nuevas con
colores pastel. Allí estoy a punto de perder al
muchacho, entre el zumbido ensordecedor y el
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