Page 116 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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humanos de mi cuerpo mientras me apoyo en las
rodillas, jadeando, con los ojos irritados por el sudor.
—Mira —digo—. Seamos razonables. Si formas parte
de mi cerebro, espero que seas razonable. —Por otra
parte, lo más probable es yo fuera cualquier cosa
menos razonable a su edad. O a cualquier otra edad.
El jardín me resulta extrañamente familiar. Debe de
tratarse de algún pedazo de la antigua Corona que la
ciudad ocupó y engulló en algún momento durante la
travesía del desierto marciano, transportado hasta
aquí por el extraño metabolismo urbano. Constituye
un espacio abierto dentro del Laberinto, protegido
por el racimo de altas sinagogas que lo rodea, con
baldosas de mármol blancas y negras de unos cinco
metros cuadrados que forman una cuadrícula de diez
por diez. Alguien ha plantado árboles aquí, y flores:
verdes, rojas, blancas y violeta, se derraman sobre los
precisos bordes monocromos del suelo. Del niño no
hay ni rastro.
—No dispongo de mucho tiempo. La señorita de la
cicatriz en la cara vendrá a por los dos enseguida, y
no estará contenta.
En cada uno de los escaques se yergue un mecanismo
gigante: caballeros medievales, samuráis y
legionarios, con armaduras de intrincados grabados,
yelmos bostezantes y temibles armas erizadas de
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