Page 78 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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Creo que se imagina por qué he venido. Le
agradecería que me dedicara un momento de su
tiempo para responder a unas preguntas.
La mujer le dedica una mirada extraña, cargada de
esperanza, pero su gevulot permanece cerrado:
Isidore ni siquiera obtiene su nombre.
—Por favor, adelante.
El apartamento es pequeño pero está bien iluminado,
con una fabricadora y unos cuantos monitores de
puntos‐q flotantes por toda concesión a la
modernidad, y una escalera que comunica con la
segunda planta. La mujer lo conduce hasta una
acogedora sala de estar y se sienta junto a una de las
grandes ventanas en una silla de madera de tamaño
infantil. Saca un cigarrillo xantheano y le quita la
capucha: al encenderse, un olor acre inunda la
habitación. Isidore se acomoda en un diván bajo de
color verde, encorva los hombros y aguarda. Hay
alguien más en la sala, parapetado tras la niebla de
intimidad: la hija, deduce Isidore.
—En serio, debería ofrecerle… un café o algo —dice
la mujer, al cabo, sin hacer el menor esfuerzo por
levantarse.
—Ya me encargo yo —interviene una chica,
sobresaltando a Isidore con la inesperada apertura de
su gevulot y materializándose junto a él como si
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