Page 92 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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intentan  familiarizarse  con  la sensación  del  gevulot


           para huéspedes que les recubre la piel.



           Invisible  e  inaudible  para  todos  ellos,  el  Rey  pasea


           entre  la  aglomeración  de  alienígenas:  avatares  del


           Reino;             escuálidos                 habitantes                del          Cinturón,


           enfundados  en  sus  exoesqueletos  como  medusas;


           parpadeantes Alígeros, zokus saturninos con cuerpos


           de referencia. Se detiene ante una estatua del duque


           de Ophir, levanta la vista y deja que ésta vague más


           allá  de  los  rasgos  agrietados,  profanados  por  los


           revolucionarios. A través de la cúpula, en las alturas,


           se divisa el faséolo, una línea imposible que se eleva


           hacia el firmamento oxidado, un pozo de vértigo para


           quien intente seguirlo con la mirada. Le sobreviene


           un ataque de náusea: la compulsión que unas manos


           crueles le implantaran siglos atrás todavía está ahí.



           Tu lugar está en Marte, dice. No te irás nunca.




           Con  los  puños  apretados,  el  Rey  se  obliga  a  seguir


           mirando  hasta  forzar  el  límite  de  su  resistencia,


           sacudiendo  las  cadenas  que  apresan  su  mente.


           Después  cierra  los  ojos  y  empieza  a  buscar  al  otro


           hombre invisible.



           Deja que su mente vague entre el gentío, asomándose


           a  ojos  ajenos,  buscando  trazas  de  manipulación  en


           recuerdos  recientes  como  hojas  removidas  en  un


           bosque. Debería haberlo hecho antes. Estar aquí, en






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