Page 96 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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Me  levanto  las  gafas  tintadas  de  azul  y  sonrío.  La


           gravedad le produce un sufrimiento visible, se mueve


           como  una  anciana:  deberá  mantener  los  aumentos


           desactivados  mientras  dure  nuestra  ciudadanía


           temporal.



           Pocos  lugares  he  visitado  con  un  aspecto  menos


           infernal.  El  índigo  intenso  del  firmamento  de  la


           cuenca de Hellas sobre nuestras cabezas sirve de telón


           de  fondo  a  las  bandadas  de  planeadores  blancos


           cuyas inmensas alas se aferran a la débil atmósfera


           marciana. Los edificios, altos e intrincados, recuerdan


           al París de la belle époque sin el lastre de la gravedad;


           las pasarelas y los balcones se apoyan en agujas de


           piedra  con  tintes  rojizos.  Los  aracnotaxis  corretean


           por  sus  costados  y  saltan  entre  los  tejados.  La


           resplandeciente cúpula de una colonia zoku se alza


           adyacente al Distrito de Polvo, donde las patas de la


           ciudad levantan una nube cobriza que asciende como


           una  capa  ondeante.  El  delicado  vaivén,  si  uno  se


           queda muy quieto: recordatorio de que ésta es una


           ciudad que viaja transportada a hombros de titanes.



           —El  infierno  —le  digo—  es  donde  están  todas  las


           personas interesantes.




           Entorna los párpados. Antes, en el faséolo, lucía una


           hastiada  expresión  de  déjà  vu  que  me  indicó  que


           estaba ejecutando virtualizaciones, preparándose.







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