Page 98 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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recuperar doblando el espinazo durante el Letargo.
Debo reprimir mi instinto de carterista.
Me detengo en el Ágora de la Revolución para esperar
a Mieli. En la plaza se yergue uno de los monumentos
a la Revolución, un bloque achaparrado de roca
volcánica, esculpido por los Aletargados. Contiene
grabados los miles de millones de nombres de los
gógoles que fueron traídos aquí desde la Tierra, en
caracteres microscópicos. Unos pequeños surtidores
juguetean contra sus costados. Recuerdo haber estado
aquí antes, en multitud de ocasiones.
¿Pero quién era? ¿Y qué estaba haciendo?
El vino marciano despertó recuerdos, en apariencia
sin orden ni concierto: se limitaban a surcar mi
cerebro como los brochazos de un pintor caprichoso.
Atisbé a una chica llamada Raymonde, algo llamado
Thibermesnil… Quizá Mieli estuviera en lo cierto: en
vez de confiar en que mi antiguo yo me revele
mágicamente adonde ir a continuación, debería
abordar las cosas de forma más sistemática. Tengo
una deuda pendiente, tanto con ella como con su
misterioso patrón, y cuanto antes ponga remedio a
ese problema, mejor.
Me siento en un banco de hierro forjado al borde del
ágora, en el límite de la esfera pública. El derecho a la
intimidad es sagrado para la sociedad de la Oubliette,
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