Page 152 - El hombre ilustrado - Ray Bradbury
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La última tarde en Malibu, mamá estaba arriba en


           el  hotel  y  papá  estaba  a  mi  lado  acostado  en  la


           arena, bajo la cálida luz del sol.



           —Ah  —suspiró  papá—.  Así  es.  —Tenía  los  ojos

           cerrados. Estaba de espaldas, absorbiendo el sol—.


           Allá falta esto —añadió.



           Quería  decir  «en  el  cohete»,  naturalmente.  Pero


           nunca decía «el cohete», ni nunca mencionaba esas


           cosas que no había en un cohete. En un cohete no

           había viento de mar, ni cielo azul, ni sol amarillo, ni


           la comida de mamá. En un cohete uno no puede


           hablar con su muchacho de catorce años.



           —Bueno, oigamos esa historia —me dijo al fin.


           Y yo supe que ahora íbamos a hablar, como otras


           veces,  durante  tres  horas.  Durante  toda  la  tarde


           íbamos  a  conversar,  bajo  el  sol  perezoso,  de  mi


           colegio,  mis  clases,  la  altura  de  mis  saltos,  mis


           habilidades de nadador.


           Papá  asentía  de  cuando  en  cuando  con  un


           movimiento de cabeza, y sonreía y me golpeaba el


           pecho,               aprobándome.                          Hablábamos.                       No


           hablábamos  de  los  cohetes  y  el  espacio,  pero

           hablábamos de México, a donde habíamos ido una


           vez en un viejo automóvil, y de las mariposas que


           habíamos  cazado  en  los  húmedos  bosques  del


           verde  y  cálido  México,  un  mediodía.  Nuestro

           radiador había aspirado un centenar de mariposas,


           y  allí  habían  muerto,  agitando  las  alas,  rojas  y





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