Page 460 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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el silencio reinaba de noche y de día. Que, sin embargo, en la
noche de la que voy a hablar, unos simios se pusieron a dar
voces en las cercanías en un tono que parecía preñado de
temor. Que su algarabía me despertó, y pensé que los
animales se habían asustado de cualesquiera seres humanos, y
por ello empecé de nuevo a gritar, y a preguntar en español,
así como en el dialecto del lugar, si había alguien en los
alrededores. Que mis fuerzas y mi voz fueron capaces tan sólo
de dar dos gritos fuertes, y que a continuación enronquecí de
nuevo y tuve que pedir ayuda con susurros.
Que, al cabo de poco rato, vi en lo alto la llama de una
vela, y que a su lumbre me pareció distinguir el rostro de un
hombre blanco. Que dicho hombre miró durante largo rato a
las profundidades de la poza sin llegar a verme. Que, privado
de voz, no sabía cómo llamarle la atención y pedirle ayuda.
Que entonces empecé a mover los brazos y a pegar saltos por
la poza con la pierna que tenía sana, aun cuando el
movimiento provocase dolores inenarrables en la otra.
Que, al fin, todos mis esfuerzos tuvieron efecto y el
hombre me vio, porque empezó a mover la vela para verme
mejor; y a continuación desapareció de nuevo, con lo que me
condujo a la desesperación y la decepción más extremas, y no
volvió a acercarse.
Que pasé el resto de la noche en plegaria y meditación
sobre lo acontecido, y que llegué a la conclusión de que el
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