Page 555 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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castigo...
—Puedo ayudarle a hallar la paz interior —me
apresuré a decirle, porque tenía miedo de
desvanecerme de pura desazón si no lo conseguía—. A
encontrar la paz que usted se merece. A dominar el
miedo. Puedo consolarle. Oírlo en confesión. Por eso he
venido.
—¡Al diablo la confesión!
Fue un grito poderoso, como un trueno sobre las
selvas tropicales de Yucatán, que hizo que las paredes
retemblaran, y que a mí me flaquearan las rodillas. Sólo
entonces empecé a creer de verdad —con el corazón, no
con la cabeza— que el destino de nuestro pequeño y
absurdo universo dependía de aquel viejo.
—¡No quiero que venga ningún sacerdote a
confesarme! ¡No pienso aceptarlo! Entonces, ¿qué he
estado esperando durante todas estas semanas? ¿Qué
he estado buscando? ¿Para qué todo esto? ¿Por qué?
Pero yo no tenía ningún derecho a corregir mis
propias palabras. Me quedé allí, con los ojos
entreabiertos, tembloroso, a la espera de que mi castigo
llegara en cualquier momento, pero, al mismo tiempo,
obstinado, como un hereje con el sambenito, los
pantalones empapados de miedo, sujeto a la estaca
embreada y rodeado de montones de leña. No podía
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