Page 102 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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marché al fin y caminé rápidamente; desde luego,


            aquella era una calle deprimente y me alegraba de



            volver al bullicio y al ruido. ¿Le gustaría ver lo que


            compré?


              Austin no dijo nada, pero asintió levemente con la


            cabeza; parecía todavía pálido y enfermo. Villiers


            abrió un cajón de la mesa de bambú y mostró a


            Austin un largo rollo de cuerda, resistente y nueva,


            con un nudo corredizo en uno de sus extremos.



              —La mejor cuerda de cáñamo —dijo Villiers—, tal


            como solía fabricarse antaño, según me aseguró el


            anciano. No hay ni una sola pulgada de yute de un


            extremo al otro.


              Austin apretó los dientes y miró fijamente a los


            ojos a Villiers, poniéndose más blanco todavía.


              —No debería usted hacer eso —murmuró al fin—


            . No debería mancharse las manos de sangre. ¡Dios



            mío!  —exclamó  con  súbita  vehemencia—.  No  es


            posible  que  tenga  esa  intención,  Villiers.  ¿Piensa


            convertirse en verdugo?


              —No.  Dejaré  a  Helen  Vaughan  sola  con  esta


            cuerda en una habitación cerrada durante quince


            minutos  y  le  daré  una  oportunidad.  Si  cuando


            entremos en ella no lo ha hecho, llamaré al policía



            más próximo. Eso es todo.









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