Page 203 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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para  ovejas.  Sí,  fue  triste  para  la  pobre  señora


            Cradock.



              El viejo volvió a su trabajo, y yo seguí paseando


            por  el  sendero  entre  las  espalderas  hinchadas  y


            torcidas por los años, pensando en la historia que


            había escuchado y buscando a tientas el detalle que


            había  despertado  mi  memoria.  De  pronto  se  me


            reveló: había visto la frase « Colinas Grises» en el


            trozo amarillento de papel que el profesor Gregg



            tomó del cajón de su escritorio. De nuevo fui presa


            de terribles angustias por una mezcla de miedo y


            curiosidad.  Recordé  los  extraños  caracteres


            copiados de la roca caliza, así como su identidad


            con la inscripción del antiguo sello y las fantásticas


            fábulas del geógrafo latino. Comprendí, sin duda,


            que a menos que la coincidencia hubiera montado


            toda  la  escena  disponiendo  estos  extravagantes


            acontecimientos                      con          curioso             arte,         iba         a



            convertirme  en  espectadora  de  hechos  muy


            alejados  del  usual  y  acostumbrado  tráfago  de  la


            vida.  Día  tras  día  observaba  al  profesor  Gregg:


            seguía de cerca su pista adelgazando visiblemente


            por  la  ansiedad;  y  al  atardecer,  cuando  el  sol  se


            ocultaba tras el vértice de la montaña, paseaba sin


            rumbo por la terraza sin levantar la vista del suelo,



            mientras  la  niebla  se  espesaba  en  el  valle,  la


            quietud del crepúsculo acercaba las voces lejanas,

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