Page 208 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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solamente hechos incontestables, tan ciertos como


            una  demostración  matemática.  Piense  en  ello,



            señorita  Lally;  no  me  empeñaría  ni  por  un


            momento  en  retenerla  aquí  en  contra  de  su


            voluntad, y, sin embargo, le confieso francamente


            que estoy persuadido de que es precisamente aquí,


            en medio de estos bosques, donde está su deber.


              Me  conmovió  la  elocuencia  de  su  tono  y  el


            recuerdo de que, después de todo, el hombre había



            sido  mi  salvación,  y  le  tendí  la  mano  con  la


            promesa  de  servirle  lealmente  y  sin  preguntas.


            Algunos días más tarde vino a verme el párroco de


            nuestra  iglesia  —una  pequeña  iglesia  lúgubre,


            severa  y  pintoresca,  que  asomaba  a  las  mismas


            orillas del río, vigilando los flujos y reflujos de las


            mareas—,  y  el  profesor  Gregg  le  persuadió  con


            facilidad  para  que  se  quedara  y  compartiese


            nuestra  cena.  El  señor  Meyrick  era  miembro  de



            una  antigua  familia  de  terratenientes,  cuya  vieja


            casa solariega estaba situada entre colinas, a unas


            siete millas de distancia; así enraizado en la tierra,


            el párroco era un depósito viviente de las antiguas


            y marchitas costumbres y tradiciones del país. Sus


            afables  modales,  algo  excéntricos,  se  ganaron  al


            profesor Gregg; y a los quesos, cuando un delicado



            borgoña  había  iniciado  sus  conjuros,  los  dos


            hombres  ardían  como  el  vino  y  hablaban  de

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